Diario Córdoba

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Miguel Ranchal

Alabaré, alabaré

Ante la saturación de esnobismo gubernamental, se podría permitir el cante, aunque tenga un tufillo eclesial

Casi nada es casualidad. Este verano, apurando el retorno al aeropuerto de París desde el norte de Francia, pude contemplar los jardines de Giverny, el jardín santuario de Claude Monet donde pudo pintar al natural sus famosos nenúfares. Pero el impulsor del impresionismo quizá no se hubiese atrevido a esa transgresión de las formas y del color si no hubiese tenido que huir de las guerras franco-prusianas. Por ese conflicto se exilió a Inglaterra, y en Londres vivió esa contaminante neblina y descubrió las pinturas de Turner, una dualidad que le confirmaron su voluntad de superar los cánones clásicos. En Ruán contemplé su impresionante catedral, las mil variantes de la luz que Monet encuadró en su caballete para aliar definitivamente a los impresionistas con esa fachada gótica. No muy lejos de ese templo se encuentra la plaza donde fue quemada Juana de Arco.

Casi nada es casualidad. Íñigo Quintero, un joven coruñés de 22 años, encabeza la lista del ranking nacional de Spotify de canciones más escuchadas; un fenómeno que ya se ha repetido en otros países de Europa, como Francia, Alemania, Italia y Portugal, o de América (cual es el caso de Argentina, México, Colombia o Perú). Y el reclamo oculto de «Si no estás» es que se trata de una canción religiosa, pues así lo afirma Juan José Omella, presidente de la Conferencia Episcopal Española, así como ‘youtubers’ que no ocultan su profesión de fe católica, sin que el autor haya dicho esta boca es mía para desmentirlo. En estos tiempos en que todo está patas arriba y en la que quienes improvisaban barricadas ahora se adocenan en los despachos, el joven Quintero corre el riesgo de convertirse en un nuevo doncel de Orleans.

Omella ha visto la bicoca de revitalizar el repertorio de la misa de doce, que no conocía un verdadero achuchón popular desde las aproximaciones de Perales a las Cartas a los Corintios. O más astutamente, cuando en el rebufo posconciliar y la entente común contra la guerra del Vietnam, el ‘sorpasso’ al latín en el altar fue acompañado con la versión recatada y monjil del «Blowing in the wind», para incorporar el santoral de Bob Dylan.

Pese a su timidez y posiblemente en contra de abanderar dogmatismos, Íñigo Quintero podría convertirse en el Jeromín de las protestas masivas que está viviendo este país. Cada nación tiene su cáliz, y si en México es la violencia; en Francia los guetos derivados de la descolonización, España se cimbrea por la integridad territorial, el mejor argumentario para el aspaviento. Si se traslada a la investidura la asepsia de los números, la votación sería irreprochable. Ciento setenta y nueve votos y en primera vuelta. Pero no es precisamente letra pequeña lo que queda en los resquicios de su interpretación. Ninguna oquedad para la aburrida parsimonia de las abstenciones, pues hasta Coalición Canaria se suma a este extraño maniqueísmo, para que el brazo izquierdo no conozca lo que vota su derecho. Pero de esta polarización no puede salir nada bueno, incluyendo esa mayoría silenciosa en la que cunde el hartazgo por esa vitola de ciudadanía de segunda, abrumada por la insaciable sangría del victimismo periférico.

No hay grandes diferencias entre los idearios en bucle de los patrioterismos. La cuestión se centra en que esta Moncloa pijiprogre se ha apropiado del relato de la diversidad para desoír privilegios, cambiando la vocación universalista de la izquierda. Y a este tensionamiento también ayuda la querencia a creerse más listos, o a confundir lealtad y coherencia, cuando es precisamente esa fisura entre ambas la que permite un espacio al entendimiento. No esperen un Grandola vila Morena entre los irritados, pero ante tanta saturación de esnobismo gubernamental bien se podría proclamar que se permite el cante, aunque tenga un tufillo eclesial.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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