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ENTREVISTA

Ernesto Calabuig

El escritor y traductor madrileño acaba de publicar en la editorial Tres Hermanas su libro de cuentos 'La playa y el tiempo'.

 

Ernesto Calabuig. - BÁRBARA SÁNCHEZ PALOMERO

Pedro M. Domene Pedro M. Domene
05/10/2020

Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) es licenciado en Filosofía, escritor y traductor de alemán. Ha publicado la novela Expuestos (2010) y los libros de relatos Un mortal sin pirueta (2008), Caminos anfibios (2014) y acaba de entregar La playa y el tiempo (Tres Hermanas, 2020).

-¿Sigue teniendo esa sensación de intimidad y de manifiesta complicidad con el lector con cada nuevo libro?

-Sí. Incluso creo que ha ido a más esa sensación. Este es mi cuarto libro. En el primero, de hace ya doce años, tenía todavía una impresión de escribir a solas, para mí, casi como si nadie o muy pocas personas fuesen a leerlo. Era la idea de una «plegaria no atendida». Pero con los años, he ido conociendo a muchos lectores y lectoras que, además, me han ido comentando con mucha profundidad y cercanía cuánto les llegaba de las cosas que yo contaba.

-¿Un libro de cuentos se somete al criterio de unos lectores, quizá, más exigentes?

-Supongo que ese es el juego y el riesgo. Hay en nuestro país lectores de relato que son de verdad exigentes y perciben muy fino o están cansados de libros clónicos o insustanciales. Uno no debe «escribir por escribir». Esto no es una mera tarea de redacción. Hay que poner el alma en lo que se cuenta para que el mensaje llegue y sea apreciado.

-En su colección ‘Un mortal sin pirueta’ (2008) mostraba esa eventualidad que modela el ayer y el hoy, ¿sigue dudando cómo se conforman ambos espacios de tiempo?

-Tengo que reconocer que la percepción del paso del tiempo es una obsesión enfermiza que está en cada uno de mis libros y que yo he sido mi propio terapeuta. Escribir me ha permitido analizar qué es lo que el «tiempo canalla» hace con nosotros. Naturalmente, la edad te va dando perspectiva y ángulo, y desde ahí cuentas cosas a través de tus personajes, personajes que, como yo, padecen el vértigo del fluir acelerado de las cosas y las pérdidas que vamos acumulando, aunque también alguna madurez o sabiduría personal.

-¿Le inquieta lo suficiente esa temporalidad como para escribir un relato y compartir ese sentimiento con sus lectores?

-Claro. Me inquieta y me tortura y quiero sacar algo de ese sentimiento. No soy más que un privilegiado que, a diferencia de otros, puede verbalizar y tirar del hilo con mis pensamientos y palabras, sacar las consecuencias por escrito.

-¿La búsqueda, el reencuentro y las pérdidas conforman ese mundo particular donde contar una buena historia?

-Pues son ingredientes importantes. Y otro que yo añadiría es la conciencia de la fragilidad personal, algo que está presente en cada uno de los diecinueve cuentos. Yo siempre fui un deportista, un competidor, un tipo alto que caía bien o gustaba. De repente la vida rebaja tus pretensiones y tu energía y te vas quedando ahí, con cara de no entenderlo. De eso hay también que hablar y a veces los hombres tenemos que ser «tan hombres» que no hablamos de ciertas cosas, de nuestra decadencia física, etc.

-’Caminos anfibios’ (2014), ¿reúne, en realidad, una colección de experiencias humanas?

-Antes de Caminos anfibios publiqué, en 2010, una novela, Expuestos, y en Caminos anfibios hablé sobre todo de las tentaciones humanas, de cómo, en nuestras vidas, resbalamos por el barro y nos dejamos caer (infidelidades, traiciones personales, rupturas familiares, rencores que perduran sin solución...). Caemos en todo eso incluso sabiendo que nos hacemos mal o le haremos mal a otros. Hay una parte animal, básica, que nos guía a menudo, incluso hormonalmente, como a los sapos que recorren cada año esas sendas embarradas de los bosques y corren peligros.

-¿Seguimos estando sometidos a esa nostalgia del pasado, de nuestra infancia, de nuestra juventud, de los años universitarios? ¿Usted lo canaliza a través de la escritura?

-Así es. Soy uno de los muchos que añora la simplicidad del tiempo que me tocó vivir de niño y de adolescente, ese espacio humano de realidad cara a cara. A la televisión se le llamaba «la caja tonta», como si fuese un gran peligro. Esa generación de la EGB y Verano azul, previa a la informática y a estos móviles de ahora, que dejaron de ser meros teléfonos para mediatizar del todo nuestras vidas. Somos zombis hipnotizados entre pantallas de pantallas de pantallas.

-El cuento «La playa y el tiempo», que le proporciona el título al volumen, ¿es una declaración de intenciones del resto del libro?

-Creo que describe bien el espíritu del resto de los textos. En todos hay esa conciencia de que el tiempo se lo lleva todo como hacen las olas del mar. Apenas somos adultos y ya estás casado y los hijos crecen y es posible que te sientas demasiado rápido como la mujer del cuento, fuera de todo a los cuarenta y pico, con la misión ya cumplida pese a ser aún «joven», atractiva o con cosas por hacer.

-La protagonista de este relato, ¿tenía que ser necesariamente una mujer que pusiera de manifiesto la sensibilidad del alma femenina?

-Buena pregunta. Pues no sé cómo sonará esto, pero creo de verdad en el alma femenina, creo que hay una sensibilidad y una percepción especial, una manera de mirar distinta de la de los hombres, que vamos por la vida muchas veces como elefante por cacharrería. Yo he intentado percibir como mi protagonista, dejarme llevar como si fuera ella en esos días solitarios de su playa. Estoy contento si lo he conseguido, tal como muchas mujeres de esa edad me han escrito.

-La ambientación germana, y Berlín como trasfondo, ¿es para usted un simple tema literario o una obsesión particular en su narrativa breve?

-Como sabes, yo soy traductor de alemán y Alemania es para mí como una segunda patria o algo parecido. Mi padre también vivió allí bastantes años. Supongo que acaba saliendo por algún lado esa querencia cuando escribo.

-Personajes como Dominique Forest o Leonard Cohen, ¿son ejemplos psicológicos de cierta coherencia durante esa crisis de la media edad?

-Son dos artistas reales. Dominique es casi un octogenario en la época que yo lo retrato. Y a Cohen lo muestro a sus sesenta y muchos (cuando se recluyó en el monasterio budista) y hasta el final de sus días. No es ya la mediana edad, pero sí son ejemplos de personas que, tras haber tenido una gran energía vital y creadora, se van desgastando y diluyendo. Es muy duro sobrellevar la conciencia de todo eso, volverse anciano, tener mala salud...

-Pese a la toxicidad humana, nos ofrece una mirada amable de las situaciones, cuantifica el valor de la madurez y las lecciones que nos proporciona ese estado, ¿es esa su filosofía vital?

-Estoy justo en ese aprendizaje, en tratar de asumir que ya no eres el chico que marcaba el ritmo en las carreras de mediofondo, sino un espectador alegre de que las cosas continúen y otros hagan lo que tú ya no puedes hacer. La mujer de mi texto lleva muy a gala que (pese a la separación, los años o el hijo que crece y se va), en lugar de amargarse o caer en el cinismo, es capaz aún de dar amor y de ser dulce, no tóxica.

-¿Escribir sigue siendo para usted un absoluto atrevimiento?

-Así comienza mi libro: «Escribir es un atrevimiento, como quedarse desnuda en una playa». Uno podría no escribir, no abrirse, no exponerse. Hace falta valor o cierta inconsciencia para ser tan personal como yo suelo serlo cuando escribo, sabiendo que bastante gente va a verte en tu fragilidad, en tus obsesiones, en algunos secretos... Pero no puedo dejar de hacerlo. Hay una parte también de intentar sumar algo de belleza o poesía a este mundo tan difícil y duro. Si tienes un cierto don, debes ponerlo en juego, compartirlo, acompañar a quien te lea.