Diario Córdoba

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Miguel Donate Salcedo

Probar el futuro

Comprendo que sería catastrófico, pero algunas semanas pienso que todo ser humano debería tener, al menos una vez en su vida, la oportunidad de ver su futuro. No sé qué edad pudiera ser la correcta. Hay quien gastaría su oportunidad con 15 años y quien moriría algo temeroso, sopesando si ya es el momento de echar el vistazo. Tal vez ver no sea el mejor verbo, porque nos hace pensar en alguna diablura y en comprar lotería. No, no hablo de grandes intervenciones. Hablo al menos de comprobar si el maltrato sostenido al propio cuerpo, privándolo de sueño y lentitud y lenidad, al final sirve para algo, si da alguna paz, si no tiene un resultado decepcionante. Estamos más preparados para el sacrificio que para reconocer que algunas cosas nos parecen importantes no porque nos seduzcan especialmente, sino por ser hijas del sacrificio anterior, por haberlas pagado ya.

Que los dioses te protejan de lo que deseas. Que te dejen echar ese vistazo, no a un momento singular y engañoso de euforia, no a una particular sima de fracaso, sino al día tranquilo, al día frecuente, al color ordinario del corazón. Saber no el gran resultado, sino el pequeño: los desvelos que van a tenerse, el dolor en las sienes, el estómago convertido en un alambique de ansiedad y resentimiento. Como con cualquier cosa cara, lo más gravoso acaba siendo pagar su mantenimiento.

He conocido a personas valiosas enamoradas de vidas muy sencillas. La sencillez no tiene que ver con la dificultad de su oficio o su prestigio, sino con elegir aquello que a cambio de una controlada dosis de tormento acaba dando felicidad. Ahí es donde pido humildemente a los seres mágicos que regalan sueños y visiones en los cuentos que nos dejen mirar, mejor, que nos dejen sentir. ¿Ves el cáliz? Mira cuánto es vino y cuánto es hiel. Bebe.

Solemos pensar en la visita al futuro desde la perspectiva del que va. «Comprobaré cómo me va y cambiaré». No pensamos en ese viaje siendo nosotros nuestro yo futuro, el que no va a ir sino a recibir la visita, el que va a ser la visión. ¿Qué explicación sincera dar a una versión joven de uno mismo? No se trataría de decirle que su decisión sobre algo fue incorrecta o no, sino de hacerle ver el precio que no se esperaba, el vicio oculto. Si nos dejaran probar así el futuro, a ciegas sobre la opción que elegimos, limitándonos a saborear la amargura de cada copa, acabaríamos en lugares inesperados y puede que vergonzosos e inconfesables. De los ejercicios de honestidad nacen criatu-ras deformes y monstruosas.

¿Qué momento futuro visitar? Desconocemos si tal vez un poco después el sabor de nuestra copa cambiará. Si la visita se retrasa mucho, nuestro yo próximo al final, seguramente, se limitará a decir que da igual. Hubiera lo que hubiera en la copa estará ya bebido. Pero conociendo el futuro y las profecías podríamos, también, apartar el cáliz de nosotros, antes de obligar a todo nuestro futuro a apurarlo hasta las heces.

*Abogado

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