Ser noble en el siglo XXI no significa nada jurídicamente, implica gastos y en teoría ningún beneficio (hasta que Felipe González no lo anuló, los Grandes de España gozaban de pasaporte diplomático, por ejemplo). La clave de su relevancia actual sigue estando, como hace siglos, en los círculos empresariales y familiares en los que se mueve la nobleza, entendiendo por tal un amplio elenco de familias y apellidos con o sin título que, en el caso de Córdoba, atesoran en algunos casos más de 500 años de historia. «No es casual que las tres principales autoridades de la Comunidad de Madrid, presidente de la comunidad, de la asamblea y la alcaldía, en algún momento de la democracia hayan estado ocupados por nobles, o que en el Gobierno de Rajoy llegara a haber cuatro ministros de círculos aristocráticos», apunta el historiador cordobés Gonzalo Herreros, experto en aristocracia y genealogía.

Los reyes son la única fuente de títulos nobiliarios, una potestad en la que, de momento, Felipe VI no se ha estrenado. En Córdoba, el último título concedido fue el de conde de Leyva (se lo otorgó el rey Alfonso XIII al jurista cordobés Rafael Conde y Luque), y el más antiguo, el de conde de Cabra en el siglo XV. Todos los que están hoy vigentes pueden consultarse en los elencos de títulos y grandezas que publica la Diputación de Grandeza, la institución que vigila, además, la aparición de títulos falsos o la actividad de los usurpadores de apellidos. En España, también está en debate la eliminación de una decena de títulos concedidos por Franco, como el del conde del Alcázar de Toledo, en aplicación de la ley de Memoria Histórica.

Córdoba, ciudad aristócrata

Gusta recordar a algunos historiadores cordobeses lo que escribió en sus Historias peregrinas y ejemplares (1623) Gonzalo de Céspedes y Meneses: «Hoy no hay ciudad ni población en toda Europa de más limpia y apurada nobleza, ni en tanto en más caballeros de sangre y mayorazgos riquísimos». El catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba, y uno de los mayores expertos en la nobleza española, Enrique Soria (por granadino poco sospechoso de chovinismo), lo afirma sin ambages: «Córdoba fue la ciudad más aristocrática de España, con las familias más nobles, no solo de sangre sino de título». Poco queda en Córdoba de aquel pasado, --con la aristocracia replegada en Madrid y Sevilla--, y poco, también, de los títulos de grandes familias nobles como los marqueses de Priego, los condes de Cabra o los duques de Baena, «que desaparecieron al irse fusionando con otras casas y de las que quedan solo familiares sin título como los Fernández de Mesa o Aguayo», comenta Soria.

Uno de los patios del Palacio de Viana, durante una visita. CÓRDOBA

A lo largo de la historia, ha existido medio centenar de títulos netamente cordobeses (una decena de ellos han sido Grandes de España), aunque hoy muchos viven en otras ciudades y otros tantos se fusionaron con otras casas y terminaron abandonando la ciudad. Así, de época medieval, destacan los condes de Cabra y los marqueses de Priego (los dos grandes señores de la Córdoba del siglo XV), los condes y luego duques de Fernán Núñez, los condes de Palma del Río, marqueses de Guadalcázar, condes de las Posadas, marqueses del Carpio, duques de Montoro, condes de Gavia, marqueses de la Vega de Armijo, marqueses de Benamejí, y duques de Almodóvar, entre otros. A todos ellos hay que sumar algunos títulos pontificios como la marquesa de Conde Salazar, que tiene el panteón más grande del cementerio de la Salud; o el marquesado de Jover.

Ser noble hasta el siglo XIX era una condición jurídica que las revoluciones liberales y la democracia desarticularon en aras de la igualdad ciudadana, pero habría que distinguir entre quienes estaban en la cúspide de la pirámide (nobles con título) y quienes formaban la base de ese estamento y eran nobles en un sentido más genérico del término (hidalgos rasos, caballeros de órdenes o regidores sin título). «Es un error entender como noble solo quien es conde o marqués. Deberíamos ampliar el foco e incluir a todos los descendientes de aquellas familias que sin título nobiliario han mantenido una identidad común», explica Herreros.

Ese círculo de poder en las ciudades y villas, al que llaman los historiadores patriciado urbano, formado por elites de las que la nobleza titulada es solo una parte, tiene también presencia en Córdoba y la ha tenido a lo largo de la historia como un círculo de poder e influencias. «Queda poquito, pero tenemos un grupo de familias con solera y de apellidos sonoros que nos recuerdan perfectamente ocho siglos de historia de la ciudad», añade.

Afirma Julián Hurtado, cronista oficial de Córdoba, que en la actualidad nobles con título solo viven en la capital y en casa señorial la condesa de Gramedo, Mª Sierra de Heredia y Albornoz, en la plaza de San Juan, y los condes de Montemorana, en la calle Cairuán. «Nueve más tienen casas señoriales pero como segunda residencia (como la marquesa del Mérito, que pasa temporadas en el Monasterio de San Jerónimo, o el conde Bobadilla, Rafael de Aguilar Poyatos), y otros muchos viven en pisos o chalets», apunta.

Patio del Palacio de Orive. FRANCISCO GONZÁLEZ

Curiosamente, ni Montemorana ni Gramedo son títulos históricos de Córdoba. «La condesa de Gramedo no nació en Córdoba, aunque su familia tiene fuertes vínculos con Cabra y, de todos los títulos que hereda la familia, su padre le da el de Gramedo, que, casualidades de la vida, también ostentó en el siglo XVII el corregidor de Córdoba Ronquillo Briceño, que mandó construir La Corredera», relata Herreros. Entre la decena de titulados que mantienen casa en Córdoba cita a los condes de Robledo (originales de Montoro); el marqués de Villaseca, Eduardo Cabrera Muñoz, y su madre, la marquesa viuda, cuya familia fue «la desposeída» del hoy llamado palacio de Viana y cuya causa contra las clarisas por el convento de Santa Isabel ha sido recientemente desestimada por la justicia; los condes de Colomera, propietarios del palacio y hoy hotel Colomera (Julio Romero pintó a Magdalena Muñoz-Cobos, la abuela de la actual condesa) o los condes de Cañete de las Torres, descendientes del alcalde Velasco Navarro.

Con residencia también en Córdoba si quiera temporal está la duquesa de Cardona, Casilda-Ghisla Guerrero Burgos y Fernández de Córdoba, dueña de parte del Patriarca y cuyo abuelo fue el Duque de Medinacelli, «que se casó en segundas nupcias con una señora de la burguesía de Córdoba, María de la Concepción Rey, pariente del alcalde Pedro Rey, el matemático Rey Heredia y del cronista Rey Díaz».

También mantienen su relación con Córdoba los marqueses de la Fuensanta del Valle (descendientes de Ramírez de Arellano), los de Santa Rosa (que descienden de los Belmonte), los de la Mota de Trejo o los de la Rosa, cuya marquesa ha dado nombre a los famosos Patios de la Marquesa de la Judería, y muy cerca, aunque no es su vivienda, sí que es propietario del hotel Casa de las Pavas el duque de Segorbe.

"El patriciado urbano, nobles con título y sin él, tiene también presencia en Córdoba"

Los actuales nobles no son una clase homogénea, pero tienen en común parentescos cercanos y círculos empresariales influyentes. Muchas de las familias de ascendencia noble de Córdoba tienen tierras, son empresarias de la hostelería y la restauración, o son accionistas de grandes empresas, aunque también hay gente que se gana la vida con una profesión liberal. «Hoy ser marqués es caro porque tienes cero privilegios pero tienes que pagar por la sucesión a cada título 2 o 3.000 euros; si es por pariente transversal, 5.000, y si es una rehabilitación, hasta 12.000», explica Herreros.

De los títulos históricos que aún se conservan en Córdoba, quizá el más importante sea el condado de Hornachuelos (ha mantenido el apellido Hoces desde el siglo XIII hasta hoy), pero su actual titular vive en un piso de Ciudad Jardín, «alejado de la grandeza de otros siglos, cuando los condes tenían su casa a las espaldas del Ayuntamiento, antes de ser derribada, para construir la calle Claudio Marcelo».

Apellidos con 500 años

Luego, con esa visión más amplia de la nobleza, están los que no tienen título pero son familias que se remontan muchos siglos atrás en la historia de Córdoba como los Aguayo, Hoces, Cabrera, Pineda de las Infantas, Fernández de Mesa o, sobre todo, los Fernández de Córdova (con v), que llegaron a ser la familia más extensa de la aristocracia española pero se fue agotando (los Medinaceli, sus primos lejanos, siguen manteniendo el apellido pero es por «una varonía fingida», apunta Herreros). «Pueden vivir en nuestra ciudad unas 200 personas, no muchas más, que porten apellidos que tienen siglos de historia en la ciudad y constituyen un interesante círculo de poder político, cultural, intelectual y económico».

Por contra, otros apellidos se han perdido por avatares de la genealogía como los de Gutiérrez de los Ríos, Mesía de la Cerda, Pérez de Guzmán o Martínez de Argote. Al listado habría que sumar un buen puñado de familias burguesas o terratenientes que se han ido mezclando con los antiguos linajes, como Sánchez de Puerta, Rubio, Carbonell, Jover o Alvear. «Diferenciar hoy día qué apellido es noble o no no es lo relevante; la clave está en contemplar la huella histórica y qué parte de nuestro pasado de Córdoba sigue vivo en sus apellidos y sus familias».

Casas solariegas: testigos del esplendor pasado

Dice Juan José Primo Jurado en su Córdoba, ciudad eterna (Almuzara 2007) que las casas señoriales que surgieron como «solar de egregios linajes» tras la Reconquista son «testimonio histórico del poder e influencia de la nobleza titulada y las elites locales que ocupaban los cargos de gobierno de la ciudad en la vida cordobesa del ayer». En la Córdoba de hoy, ninguna alberga a aquella nobleza, sino que son inmuebles particulares, o de organismos públicos o fundaciones que se han hecho cargo de ellas, amén de otras muchas desaparecidas. «Su uso es la mejor garantía de su pervivencia para que podamos contemplarlas como parte fundamental de la historia del arte, recrear aquel modo de vida y reflexionar sobre nuestro pasado». 

Entres las casas solariegas cordobesas más importantes están la casa de los Villalones o Palacio de Orive; y el 35 de Alfonso XII, que conserva la portada de la casa de los condes de la Jarosa. En Agustín Moreno está la casa de los Caballeros de Santiago, sede de dicha orden en el siglo XIV, que pasó a propiedad de los condes de Valdelagrana y luego a los condes de Gavia siendo hoy un colegio. En San Pedro se ubica la casa de los Aguayo, marqueses de Villaverde y de Santaella, y desde 1902 ocupada por el colegio de la Sagrada Familia (las Francesas), que conserva el sabor de casa señorial que tuvo; en la plaza de Jerónimo Páez, la conocida como casa del Judío, por ser su propietario un judío francés de nombre Nahamiah, que le hizo una gran reforma en la segunda mitad del siglo XX. Por la calle Rey Heredia se encuentra el escudo que la identifica como casa de los Armenta, aunque antes había pertenecido a los duques de Medina Sidonia. En la calle Sánchez de Feria aparece la casa de los Guzmán, hoy Archivo Municipal, sellada con las armas de los Hoces. En la plaza de la Trinidad, hoy escuela de artes y oficios, está la casa de los Hoces, duques de Hornachuelos. El 10 de Barroso corresponde a lo que queda de la casa de los Velasco, de los condes de Fuente el Salce. En Blanco Belmonte se encuentra la casa de los Fernández de Mesa y Argote, señores del Chanciller. En Ramírez de las Casas Deza, la casa de los condes de Torres Cabrera (Palacio del Bailío) fue la de los señores de Aguilar y hoy hotel de lujo; y la casa de los marqueses de Viana, que sirve de preludio al Palacio de Viana, antigua casa de los Villaseca.