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Sebastián Muriel Gomar

Tribuna abierta

Sebastián Muriel Gomar

Patrimonializar

Es propio de mentes totalitarias, tiende a lo absoluto y es lo contrario de compartir

Para la RAE el verbo que da título a estas líneas es «hacer que algo pase a formar parte de los bienes materiales, o inmateriales, que se consideran como propios». Las dos perspectivas, sobre lo tangible o lo intangible, son de interés y, en mi opinión, convergen en un ego infinito o en una institución ilimitada y absorbente. Su denominador común suele ser la ambición y querer apropiarse de algo que pertenece a varios --sectores, entidades o personas-- y no es solamente suyo. Sencillamente, patrimonializar lo podríamos entender como una extensión interesada, sin legitimidad, del dominio sobre un lugar, territorio, objetos, sentimientos, verdades, situaciones o virtudes. Está claro que aquel/aquella que ocupa lo que desea es abarcar más, destacar y salir ganando siempre. Es un protagonismo egoísta. Patrimonializar es propio de mentes totalitarias, tiende a lo absoluto y es lo contrario de compartir. Es un intento de asfixiar a los otros que corren a tu lado, de eliminarlos de esa especie de carrera o viaje. Se intenta sacarlos de la pista a toda costa y quedarte con toda la carretera para ti solo/a.

Si nos movemos en el terreno de la política hay partidos que intentan apropiarse de la palabra España y de sus símbolos; otros se adjudican la propiedad de los bienes del Estado y también existen aquellos que se adueñan --en modo okupa-- de los medios de comunicación, de la justicia, de la igualdad y de la solidaridad, o de todos juntos. Ya puestos, y perdida la vergüenza, se apropian de todo lo que se ponga por delante y les ayude a conseguir sus objetivos, meta neta de su ambición.

La mayoría de los partidos dicen tener la verdad como parte de su patrimonio, también el bien común, la transparencia y la honradez, cuando todos sabemos que «ni todo el monte es orégano» «ni es oro todo lo que reluce» y «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces» (A este paso el refranero pronto será declarado anticonstitucional). Pero prácticamente todos nos martillean con un estudiado marketing y con destiladas frases para convencernos de lo buenos que son y lo bien que lo hacen. «Obras son amores y no buenas razones». Al menos deberían dejar que la evaluación la amasemos nosotros. Pero no, ahí es donde más se esfuerzan para indicarnos la decisión que debemos tomar. Siempre por nuestro bien, claro.

Patrimonializar no integra, separa, porque esas ganas de parecer el más guay en el sector, en el fondo es soberbia, vanidad, diferenciarte del otro: yo soy el único y el mejor, el que más se preocupa y, desde luego el que mejor lo hace. Evidentemente también podemos poner todo lo anterior en femenino.

Por desgracia tenemos fantásticos expertos que están todo el puñetero día patrimonializando a algo o a alguien. Además todo es objeto de apropiación. En ese mundo del todo vale se intenta con la Constitución, la monarquía versus república y viceversa, la cultura, los sentimientos, el relato de la guerra civil, la enseñanza o el ejército. Patrimonializar ha sido una constante a lo largo de la historia, ahora también, y no conoce límites: las guerras, p.e. han convertido territorios libres en esclavos, las redes sociales intentan apropiarse de tu intimidad --ojo que lo consiguen casi siempre-- y las grandes potencias intentan acaparar el mundo, sea con dinero, influencias, violencia o diplomacia.

Apropiarse de lo público como puede ser meter un camino en tu finca o capturar un símbolo de todos en tus sombras, un derecho o un valor universal es un flaco favor a la sociedad y a una democracia que necesita la participación de todos. Así pues, huyamos de los patrimonializadores/as.

Por fortuna existe otra acepción muy diferente y positiva y es lo que la Unesco hace: conferir el título de Patrimonio de la Humanidad para catalogar, preservar o dar a conocer sitios de importancia cultural o natural, lugares excepcionales para la herencia común de la humanidad. Se da un título para proteger, compartir y disfrutar de un lugar cuyo enunciado nos hace a todos propietarios: se patrimonializa para universalizar, no para restringir en mi exclusivo beneficio o privilegio de unos pocos.

*Profesor jubilado

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