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José Zafra Castro

Alzheimer

La llegada de este nuevo hombre del saco nada tiene que ver con la bondad o maldad de nuestras acciones

Nuestra infancia --la de quienes cruzan ahora la sesentena-- se vio ensombrecida por la presencia de un personaje bastante siniestro: el hombre del saco. He dicho «presencia», aunque lo cierto es que, por fortuna, ninguno de nosotros se vio nunca frente a él. Los adultos, sin embargo, parecían conocer muy bien su paradero, pues no era raro que nos amenazaran con «ir a llamarlo». ¿Dónde estaba, en verdad? A veces sentíamos que acechaba cerca, quizás al otro lado del pasillo; otras veces lo sabíamos tan remoto como si se tratara de una simple leyenda. Pero lo cierto es que nunca se iba del todo, ya que el adulto gozaba del poder de llamarlo en cualquier momento. ¿En cualquier momento? Con los años descubrimos que la distancia entre este ser pavoroso y nosotros dependía de la observancia (o no) de las normas impuestas por los mayores. Se trataba de un asunto estrictamente moral, si por moral entendemos -como dice Kohlberg que es propio de esta etapa infantil- el cumplimiento por temor al castigo de reglas impuestas desde fuera. Averiguamos así que si nos portábamos «bien», el hombre del saco no se nos acercaría.

Mucho me temo que las últimas décadas de algunos miembros de mi generación (¿seré yo uno de ellos?) tampoco se verán libres de una figura igual de ominosa, de un nuevo hombre del saco. Lo malo de este otro personaje es que sabemos que no es ninguna leyenda, sino que existe realmente. De hecho, ya se ha llevado a algún conocido. Además, las noticias que emite la televisión hablan de los estragos que provocan sus incursiones; numerosos artículos científicos dibujan gráficas en las que se cuantifican casos y barajan causas. Otra diferencia crucial con su antecesor: a este no lo «llamará» nadie, sino que recorrerá él solito el pasillo sin avisar. Su llegada nada tiene que ver con la bondad o maldad de nuestras acciones. Será un acontecimiento moralmente neutro. No hay conjuro ni acto virtuoso capaz de impedir que se acerque. Será como un rayo que cae sobre quien menos se lo espera: nadie suplica hoy a un rayo, ni le sacrifica reses.

Este nuevo hombre del saco trabaja además de un modo muy distinto a como lo hacía el otro. No te lleva de una vez sino, por así decirlo, a trozos, lo cual no es ningún consuelo. Un día te roba un recuerdo; al otro un período extenso de tu pasado; si se encuentra en forma, es capaz de privarte del reconocimiento de tu propio hijo, a quien empiezas a confundir con un primo que murió hace ya muchos años. Tenaz y moroso, incansable, te va pelando capa tras capa. Hasta que al final, cuando te mete por fin dentro del saco, lo único que se lleva de ti es una cáscara vacía.

*Escritor

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