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Marisa Vadillo

la cafetera de aspasia

Marisa Vadillo

El infierno

Hay pocos lugares en nuestra cultura con mayor potencia simbólica que el Infierno. Ha sido pintado, dibujado, descrito, e incluso cantado. Tal ha sido la fuerza de ese lugar salvaje, ardiente, que puede consumir a cualquiera de nosotros desde nuestra más pura esencia --nuestra alma--. Las representaciones en cultura son numerosas, pero pocas han tenido la potencia que Dante explicó en su ‘Divina Comedia’: nueve anillos concéntricos con esferas de castigo para todos aquellos que no han estado a la altura de una vida plena, para quienes han dañado a alguien.

Antes de entrar en este Infierno, Dante, describe un espacio que está reservado para aquellos que vivieron su vida sin sentido, aquellos que no se comprometieron con nada, almas que jamás hicieron nada bueno -ni malo, ni regular-. El castigo a estas apáticas personalidades es el ser condenados a perseguir una causa vacía (una bandera blanca) mientras son picados infinitamente por abejas y avispas, a la vez que gusanos y otros insectos les succionan su sangre. Así, en esta zona previa al castigo infernal, a orillas del río Aqueronte, estarían los que nunca lucharon por ninguna causa.

Me pregunto dónde nos metería Dante como generación. Quizás el genio tendría que haber inventado un círculo de castigo específico para los seres humanos de esta época. El Infierno somos nosotros, y estamos convirtiendo nuestro entorno natural --justamente-- en un lugar ardiente, inhóspito, que nos devuelve pandemias, inundaciones, cenizas y humo. Un anillo específico para los que no hicieron lo suficiente, para los que agotaron los recursos de sus nietos, para los primeros que han condenado a las siguientes generaciones a vivir peor que ellos.

Quizás, nuestro infierno lo estamos ya viviendo y, en ciudades como Córdoba, ya podemos intuir que esto va en serio, que es probable que en las próximas décadas no podamos habitarla (al menos en verano) sin perder la salud. Me pregunto cuántos grados hacen falta para que las autoridades y la ciudadanía comiencen a pensar cómo enfriar sus edificios, sus aceras, su asfalto. Nuestro castigo, quizás, sea el tener que explicarles a nuestros hijos que su legado es un puñado de ladrillos hirviendo en el que no pueden vivir. Si les soy sincera, casi que prefiero lo de las picaduras de abeja...

* Artista y profesora de la Universidad de Sevilla

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