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Diario Córdoba

Carmelo Casaño

LA RAZÓN MANDA

Carmelo Casaño

El continente del silencio

El doctor Manuel Concha narra las aventuras descubridoras del Polo Sur en ‘Antártida’

A estas alturas de la película, de su peripecia vital, no vamos a descubrir al doctor Manuel Concha Ruíz, cuya labor meritoria, trasplantando corazones en el hospital Reina Sofía cordobés, ha conseguido la ovación ecuménica. Un dador de vida, prolongándola, en estos tiempos nubosos, deshumanizados, donde un Stalin revivido practica el genocidio con misiles.

Aunque el personaje no nació en Córdoba, aquí se afincó definitivamente, sin olvidar sus vivencias gaditanas en la ciudad más antigua del occidente europeo. Y aquí ha exprimido sus numerosas inquietudes culturales que abarcan: la pintura --en nuestra ciudad conoció y admiró a Antonio Povedano--; el cante verdadero --aquél que se escribe con jota porque es más jondo que hondo--; la tauromaquia y sus dramáticas raíces, aunque ya la lidia de reses bravas no se desenvuelva entre «la suerte o la muerte»; las sosegadas tertulias, con taza de café y copa de anís, tan enciclopédicas como españolas; las lecturas de alta gama; los viajes por el amplio mundo, para ensanchar sabidurías, perspectivas e ir tallando las más variadas facetas en su existir solidario; etc.

De esto último --los viajes-- vamos a ocuparnos ahora, pues días atrás nos sorprendió dando a luz una criatura impresa, de nombre ‘Antártida’, en la que, con la compañía de una colección numerosa de fotografías tomadas por él mismo, narra, en páginas de alta divulgación, las aventuras descubridoras del Polo Sur, llevadas a cabo por adalides del progreso. Expediciones en las que hay, desde científicos acreditados --entre ellos, dos recientes científicas de España--, hasta aventureros homéricos que murieron con las botas puestas, en el empeño de vivir al completo unos afanes que abrieron de par en par horizontes nunca sospechados.

Dichas historias, amena y minuciosamente relatadas, se compaginan con la crónica del viaje que, hace más de una década, efectuaron el doctor Concha y su esposa a la Antártida, a bordo de un carguero ruso, en compañía de 55 pasajeros de 11 países. En esta reseña, queremos destacar que el libro nos ilustra sobre el recorrido que llevaron a cabo por unas tierras remotas, esencialmente distintas, que superan más de un tercio la extensión del continente europeo, de vientos huracanados, fríos congeladores, flora inexistente y pingüinos amables que ceden el paso a los escasos turistas; en donde, tal vez, estén guardados los secretos del clima futuro de nuestro maltratado planeta.

También, hay que leer este libro para entender la plenitud del silencio absoluto. Un silencio perpetuo, acobardante, profundo, encubridor, exactísimo, misterioso, tangible que, en cierto modo, puede servir para dar la razón a Shakespeare el cual, en Hamlet, tuvo la intuición de que, tras la vida, «todo lo demás es silencio». Dicho silencio antártico, prefiguración del eterno, solo es vulnerado por el inverosímil estruendo que precede al desprendimiento de aludes inmensos, que luego viajan por los océanos con morfología de iceberg.

Estamos, pues, ante un nuevo libro del doctor Concha --ya son más de 20-- que sirve para el aprecio literario y para corroborar su humanismo sin adjetivos, idéntico al que Albert Camus, en los editoriales de ‘Combat’, escritos durante la segunda posguerra mundial, compendiaba en una repetida frase perdurable: «Hacer sufrir es la forma segura de equivocarse».

** Escritor

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