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La rueda

Pegar la hebra

 

Isabel Llanos López Isabel Llanos López
09/09/2018

No hay privilegio más barato e inherente al ser humano que la capacidad de la charla intrascendente. Esa que se practica con fruición en todos los pequeños pueblos de la geografía del país bajo el auspicio de la caída de la tarde, en el momento justo en el que bajan los calores, y la gente sale a la calle a esa cosa maravillosa que es relacionarse unos con otros. En invierno, el frío no invita en absoluto a ocupar las calles o terrazas, sino más bien a ampararse entre ladrillos como si se tratara de un paralelismo con el silencio hosco con el que nos relacionamos. Los que aún tenemos pueblo y persistimos en volver a pesar de haber acabado teóricamente con los anni horribiles asociados a la crisis en los que se apreció notablemente el retorno a la costumbre de ir a casa de la abuela, nos solemos acoplar sin disimulo a los corrillos, algunos hasta con silla y todo, que se forman alrededor del bar, punto de encuentro por excelencia y sin disimulo. Los niños corretean, vigilados por el rabillo del ojo, eso sí, porque no deja der ser una fantasía de conveniencia, pues hay cierta raza de delincuentes que nunca bajan la guardia. Los adolescentes cuchichean un poco más allá en posturas melindrosas ellas y gallardos ellos, pasándose los primeros cigarrillos y preparando fiestas en pandilla. Los abuelos, gozosos, exhiben familiares ante los vecinos y concurrencia, porque son los que positivamente saben que lo que verdaderamente vale la pena, al final, dista mucho de ser lo material y muestran henchidos de orgullo la larga prole de su descendencia. También son los que más echan en falta a los que este año ya no vienen porque están en una residencia y dan demasiado trabajo a los hijos para «cargar con ellos» en vacaciones, o los que el año se ha llevado, y se miran con ojillos asustados y alerta entre ellos, intentando dilucidar el estado de salud de unos y otros. No hay barreras de edad ni estatus económico ni académico. Las charlas de verano en los pueblos unen y unifican. Y relajan. Relajan mucho todas las tensiones, deberíamos ser más listos e importarlas a la urbe.

* Periodista

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