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TEATRO / ‘juana, la reina que no quiso reinar’

Una hora de excelente teatro

 

Gema Matarranz, en un momento de la representación de ‘Juana, la reina que no quiso reinar’. - MANUEL MURILLO

JUAN ANTONIO DÍAZ
22/01/2018

Sobre el escenario de la sala Polifemo solo son necesarias unas velas en sendos candelabros y la presencia de los catafalcos en los que yacen, como en la sombra, Isabel de Castilla y Felipe el Hermoso, madre y esposo de Juana I de Castilla, para envolver la sublime interpretación de Gema Matarranz en este personaje tan cercano y a la vez tan desconocido de la llamada Juana la Loca.

Gema borda a la perfección todos los aspectos de dolor profundo de esta mujer maltratada a todas luces por cuantos la rodearon. Solo tiene el consuelo de su hija Catalina, nacida ya con su padre muerto, que le será arrebatada de su lado por el paralelismo de su matrimonio por interés con el rey de Portugal, al igual que el de Juana con Felipe, archiduque de Austria.

El magnífico texto de Jesús Carazo muestra distintos momentos de la vida de esta mujer que, sin apenas posibilidad alguna, fue reina de Castilla, de Aragón y de Navarra, lo que la llevó a ser recluida por su padre y por su hijo, Carlos I, después. Una vida que aflora en lo que se podría considerar como un pequeño ajuste de cuentas con su madre y marido con sutiles pinceladas intensas de matices y emociones que Gema hace aflorar a lo largo de esta representación sin fisuras. Un grito desgarrado y desgarrador de la voz que sale del interior de la frágil Juana desde la piel de una enorme Gema Matarranz que dibuja y muestra todos los trazos de la gran complejidad de este personaje que roza la desesperación e incluso la locura, para demostrar que el amor, la vida, la persona son más importantes que los oropeles de la política. Juana reivindica el derecho a amar como razón para no morir y realmente sobrevivió a todos cuantos la encerraron en vida.

Al lado de la actriz, Enrique Torres compone un medido y difícil personaje del fraile carcelero, que salmodia en latín a la vez que enciende las luminarias y que no habla en momento alguno con la prisionera de su propio destino. Gracias a los dos por esta hora, no es necesario más tiempo, en la que hemos podido disfrutar de un excelente teatro.

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