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ENRIQUE BAEZ CENTELLA

 

MIGUEL SALCEDO HIERRO ()MIGUEL SALCEDO HIERRO () 23/02/2003

Cuando llegó a Tetuán tendría aproximadamente veinte años. Tomó posesión de su cátedra de Violín del Conservatorio de Música de aquella ciudad y pocos días después dio un concierto. Hizo época. Los críticos musicales se deshicieron en alabanzas, y uno de ellos, más aventurado --o más conocedor-- dijo de él lo que sólo se habia dicho del inmortal Paganini: "Arco mágico".

Enrique Báez Centella fue el penúltimo de una serie de ocho hermanos: todos ellos extraordinarios músicos. Algunos murieron muy jóvenes; pero los que sobrevivieron a aquellos penosos tiempos de la posguerra civil siguieron todos, los diversos senderos de la música.

Lo que ocurría con Enrique es que era el punto culminante de su familia. Y de Córdoba, por supuesto. Dominaba el piano, la percusión y algún que otro instrumento; conocía y bordaba los difíciles preceptos de la armonía y la composición; era genial acompañando al piano a intérpretes y cantantes...

Pero el violín de Enrique era igual que una escala de raso tejida de ensueños: podía estremecer con melodías sobre una sola cuerda y sacar sollozos de la segunda en la apasionada expresión de los adagios. De Tetuán se vino a Córdoba --su querida tierra natal-- para ser profesor de violín en nuestro Conservatorio Superior de Música, y simultaneó su cargo con el de la Banda Municipal de Córdoba, en la que fue solista de violín, interpretando partituras especialmente adaptadas. Y realizó conciertos meritísimos...

La salita de sus estudios era la única exterior del piso de planta baja donde vivía la familia, en la calle de la Feria, muy cerca ya de la Cruz del Rastro. A través de la enrrejada ventana solían penetrar los azahares que producían los naranjos de las aceras, y estoy seguro de que le impregnaban el cordal del fino arco para aumentar la presión aromada de la resina. Y las incontables horas de escalas tendidas que adormecían en el silencio de las siestas...

En una etapa de apresuramientos juveniles tuve el honor de escribirle dos libretos de zarzuela para que les compusiera la música. Se titulaban Venta y molino y Ajimez , respectivamente. Ambas partituras son prodigiosas: parecen salidas de una inspiración en plena madurez. El preludio de la segunda --expresión de los sentimientos de Córdoba-- podría servir de pieza de concierto.

Es muy posible que el número de canciones se acerque al centenar, y de ellas me viene una a la memoria, la que Lola Flores hizo tan famosa: "Córdoba mía, qué hermosa eres...".

Hoy Enrique Báez, mi admirado compañero, mi fraternal amigo, va ha recibir el abrazo definitivo de su tierra. A su adorada esposa, Conchita, a sus amados hijos, Fernando y Enrique, vaya nuestra triste condolencia...

El arco mágico se ha envuelto en silencio para siempre.