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SE CUMPLEN 80 AÑOS DE LA MARCHA DE GRANDES INTELECTUALES CORDOBESES Y ANDALUCES

El último gran exilio español

Destacados intelectuales cordobeses tuvieron que abandonar el país huyendo del franquismo

 

Exiliados abandonan España en 1939. - CÓRDOBA

Francisco Expósito Francisco Expósito
16/03/2019

El simbolismo de la España que moría con el franquismo quedó representado en Antonio Machado. El poeta sevillano, junto a su madre, su hermano José y la mujer de éste, llegaron a Collioure el 28 de enero de 1939. Entre los escritores que les acompañaba se encontraba Corpus Barga, que fue la persona que llevó en brazos a la madre del poeta, Ana Ruiz, desde la estación hasta el hotel en el que morirían los dos pocos días después. «Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones impeorables (ni un solo céntimo francés) y hoy me encuentro en Collioure, Hotel Bougnol-Quintana y gracias a un pequeño auxilio oficial, con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la URSS, donde encontraría amplia y favorable acogida». La carta de Antonio Machado fue fechada el 9 de febrero. Con la ayuda de Corpus Barga y las gestiones del secretario de la Embajada de España en París, amigo de Machado, pudieron llegar a Colliure, su destino final, y alojarse en el hotel Bougnol-Quintana. Machado veía su final. El 22 de febrero, miércoles de ceniza, moría el escritor y, tres días después, su madre. Era el triste final del autor de Campos de Castilla. «La emigración española es rica en humanidad y en capacidad. Lo mejor, lo más claro, lo más civilizado de lo que queda de nuestra España, después de la horrenda sangría, está en Francia, en Méjico, en Chile, en Santo Domingo». En el último de los apéndices de su libro Pasión y muerte de la Segunda República española, Vázquez Ocaña disertaba sobre el exilio de algunos de los más destacados intelectuales, pero también de la especializada mano de obra que abandonaba España.

Para nadie fue fácil. En España dejaron su ilusión, sus familias, las raíces que les unían a sus antepasados. Sus recuerdos se convertirían en la única cadena que les acercaba al mundo que habían soñado y que se precipitó demasiado rápido. Agotados, desanimados y preocupados ante lo que sería ya una definitiva marcha sin vuelta hacia atrás salvo para ser condenados por el franquismo. Salían de un conflicto bélico y se encaminaban hacia otro. Durante la Guerra Civil, casi medio millón de españoles que tuvieron que exiliarse en Francia, el principal destino de la emigración política española. El presidente de la comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Diputados de Francia, Jean Mistler, hablaba en febrero de 1939 de 353.107 refugiados. El Ministerio de Interior galo elevaba el número a 514.337 republicanos y el Ministerio de Asuntos Exteriores lo cifraba el 1 de marzo de 1939 en 450.000.

La marcha de los republicanos se produjo en cuatro grandes oleadas, aunque la más importante tuvo lugar al caer Cataluña. Miles de españoles, en condiciones sanitarias y psicológicas lamentables, llegaban a un país en el que hubo mucho de improvisación y pocas actuaciones para garantizar el control y una adecuada acogida. «Se han sobrepasado todas las previsiones hasta el punto de que los servicios organizados a partir de ellas se han visto completamente desbordados...», narraba el procurador general de Montpellier el 31 de enero de 1939 en una carta dirigida al ministro de Justicia francés. Pronto surgieron voces críticas hacia aquellos cientos de miles de españoles que huían de la dictadura franquista, de la represión o de la muerte. Los diarios más conservadores llegaron a calificar a los republicanos de «bestias carnívoras de la internacional» o la «hez de los bajos fondos y de las cárceles». Algunos como Le Figaro aseguraban que los exiliados españoles eran unos holgazanes, mientras que Action Française se cuestionaba si Francia tendría que convertirse en el «estercolero del mundo». La xenofobia se había extendido como consecuencia de la crisis económica en Francia desde comienzos de los años treinta. A esto se unió una serie de crímenes y atentados en los que estuvieron implicadas personas de otros países. No obstante, también hubo periódicos, los más vinculados a la izquierda, que defendieron la labor humanitaria de su país, calificando a los españoles de «luchadores de la libertad» o el «inmenso cortejo del dolor», como sucedió con algunos como Le Populaire, L’Humanité o Ce Soir.

A este frío recibimiento que dispensaron algunos medios de comunicación galos se unía el lamentable estado de salud que presentaban muchos, como contarán algunos de los protagonistas como Antoine Miró: «En el andén había, apiñados, centenares de compatriotas que presentaban un aspecto lamentable. Podría creerse que estábamos en una gran enfermería. Hombres, mujeres, niños y ancianos estaban tumbados sobre el cemento. Muchos rezaban en voz alta con los ojos alzados al cielo. Todos parecían agotados… La fiebre brillaba en muchas miradas. Niños mutilados se arrastraban por el andén buscando a sus padres. Todos los inválidos estaban expuestos a las inclemencias del tiempo. Algunos franceses habían llevado paja, que rápidamente se tiñó de sangre, para hacer literas para los heridos. Había también muchos amputados». Muchos de los lugares a los que fueron conducidos los republicanos fueron totalmente improvisados. Desoladas playas se convertían en campos de concentración.

El cordobés Francisco Zueras, uno de los españoles que sufrieron el exilio, recordó las pesadumbres que padecieron los españoles para salir de España: «Recuerdo que llegué a Port-Bou el día 22 de enero de 1939, jornada cumbre de la gran deserción colectiva, ante el imparable avance del llamado ejército ‘nacional’ en su conquista de Cataluña. Se iba a ocupar Gerona, mientras que los dirigentes de la República Española -Azaña, Negrín, Companys, Aguirre y Martínez Barrio- habían cruzado la frontera por allí mismo, juntos y a pie. Me deprimían el ánimo las dramáticas escenas de aquellos abigarrados grupos de despavoridas gentes, en dura lucha por alcanzar los primeros la raya fronteriza. Combatientes cansados y sucios, intelectuales y campesinos con sus familias, diputados y funcionarios, mujeres y viejos, mujeres y niños, escritores y artistas, jefes y oficiales. Todos contagiados del clima de miedo motivado por saber al ejército franquista a pocos kilómetros. Todos con la sola preocupación, abandonándolo todo, de llegar a tierra francesa, de desfilar cuanto antes por delante de la gendarmería».

En estas mismas circunstancias se encontraron escritores como Ramón J. Sender, Max Aub, Juan Rejano o Manuel Andújar; pintores como Antonio Rodríguez Luna, Aurelio Arteta o Enrique Climent; filósofos como Joaquín Xirau, Juan David García Bacca o Juan Roura. «Todos huéspedes de aquellos arenales en los que sería humillada buena parte de la intelectualidad española, convirtiéndola absurdamente en parte de la población reclusa del Estado francés», contará Zueras.

El exilio llevó a destacados cordobeses a abandonar España. Junto a Rejano, Rodríguez Luna, Vázquez Ocaña, Alcalá Zamora o Eloy Vaquero, otros ilustres intelectuales afincados o relacionados con Córdoba como Corpus Barga, Gallegos Rocafull, Pedro Garfias o Francisco Azorín tuvieron que huir en la derrota de la democracia ante el totalitarismo.

En las próximas páginas de Cuadernos del Sur se analizará la trayectoria de algunos de estos destacados intelectuales de Córdoba, ahora que se cumplen 80 años del último gran exilio español. Son figuras de la historia de Córdoba y de Andalucía que lucharon y dieron sus vidas por la defensa de la libertad desde la cultura y desde su compromiso político.