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Juana Castro 15/12/2012

En una aldea de la Alpujarra están todos muy contentos por el premio de Desarrollo Sostenible a su granja comunitaria. Las gallinas se alinean en unas jaulas larguísimas de tres pisos, y cada gallina cuenta con un espacio cúbico de 20 x 20 cm. No pueden caminar ni volverse, así que aprovechan el tiempo picando pienso en el comedero, picándoles a las compañeras o picándose a sí mismas: tienen calvas en las plumas, por lo cual a muchas se les corta el pico. A las de abajo les caen los excrementos de las de arriba, y en la nave el olor a amoníaco te revuelve las tripas. Pero ahora la vida de las gallinas ha mejorado notablemente. Tienen la temperatura y humedad adecuadas, con música clásica que las relaja para que sigan poniendo huevos. No saben andar, no verán nunca un prado y la artrosis hace mella en sus huesos y ladea sus patas. Si dejan de poner, pasan a la fábrica de cubitos de caldo.

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