Opinión | COSAS

Naciones de viñeta

Y en medio, un relator salvadoreño, que no puede dar alas a la fantasía de una mediación internacional

No hay que ponerse muy bíblico para saber que el Verbo precede a la Carne. Es la palabra la que construye la cartografía, y no al revés, aunque luego los egos, las conquistas o las veleidades humanas redefinan los topónimos. América ya se concebía en la mente de Colón como un atajo para burlarle a los portugueses su ruta de las especias. La verdadera fuerza de El Dorado fue su invocación, un áureo mito que impulsó la codicia y el espíritu aventurero. En el centenario del nacimiento de Italo Calvino conviene apelar a sus ‘Ciudades invisibles’, el urbanismo de poblaciones mágicas creadas por un soplo del lenguaje. Tal es el valor de la palabra, pues no solo nos fascina la tierra escondida en el error de unas cartas náuticas, sino que también emerge de esa poderosa geología que es la picardía humana.

Kailasa no existe, aunque haya dejado una huella indeleble en el rubor del ministro de Comercio de Paraguay. Un funcionario de su Ministerio firmó un convenio de colaboración entre la República Paraguaya y los Estados Unidos de Kailasa, un tocomocho de las relaciones internacionales que ha forzado al señor ministro a presentar su dimisión. En esta monumental pifia posiblemente ha rondado el traje nuevo del emperador, la petulancia de ocultar la ignorancia de ese Estado supuestamente incrustado en la Ruta de la Seda, junto a otras naciones que también culebrean con la imaginación. El jerarca kailasiano, con turbante azafrán y bindi en el entrecejo, recibió una donación para paliar las inundaciones de un país cuyas coordenadas se sitúan entre la cara sur del Himalaya y el bochorno de un interlocutor en Babia.

¿Se beneficiará del alcance de la amnistía aquel ‘mosso’ que literalmente le imprecó a un agente rural aquello de «¿la República no existe, idiota?». El insulto es lo de menos, pues el policía podía marcarse un «Me gusta la fruta» de Ayuso al indicar que en la antigua Grecia «idiota» no era una descalificación, sino una delimitación del carácter privativo de las relaciones. Lo supuestamente imperdonable es ponerle ruedas a ese relato de construcción nacional, esa larga marcha que oculta en la identidad el privilegio. Si ese mismo ‘mosso’ hubiese advertido al ministro de Paraguay de la metedura de pata de un alto funcionario, habríamos perdido una miaja de realismo mágico y la inspiración de muchos artículos, a costa de los preceptivos mecanismos del poder, más límpidos y engrasados cuanto mejor encaje el Estado de derecho.

Al igual que el pillo fundador de Kailasa, los nacionalismos se alimentan de un relato legendario: la loba amamantando a los gemelos, la espada clavada en la roca o el caballo blanco del apóstol. Para descargo de nuestros complejos, la imaginería de un Santiago Matamoros se ha ido desdibujando gracias a nuestra honrosa construcción democrática; no así la deriva de los relatos periféricos, con robles que se enraízan en guerras carlistas o quimeras libertarias que se fraguan en el bando más feudalista de la Guerra de Sucesión. Kailasa lindaría con la India, con este Estado continente que quiere endosarnos la articulación de las castas, ciudadanos de primera, segunda o tercera en función de la cuadratura de los votos. Y en medio, un relator salvadoreño, cuya labor será respetable, pero que no puede decomisar las atribuciones parlamentarias dando alas a la fantasía de una mediación internacional, como si 45 años de democracia equiparasen a los actores de Ginebra con Efraín Ríos y el Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí.

Puestos a elegir naciones apócrifas, no se vayan a la exótica Kailasa. Los negociadores de este pingüe surrealismo podrían citarse en el reino de Sildavia. Allí les molestarían menos los medios, aunque no busquen su ubicación en Maps, sino en las aventuras de Tintín o el pegadizo estribillo de La Unión. A este paso, también convertiremos en una nación de viñeta.

** Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor