Opinión | para ti, para mí

El Adviento y el «momento de Dios»

Celebramos esa primera «venida histórica», que tuvo lugar hace más de veinte siglos, anunciando la Gran Noticia de todos los tiempos

Hoy, primer domingo de Adviento, empieza un nuevo año litúrgico, en el que la Iglesia marca el curso del tiempo con la celebración de los principales acontecimientos de la vida de Jesús y de la historia de la salvación. Al hacerlo, como Madre, ilumina el camino de nuestra existencia, nos sostiene en las ocupaciones cotidianas y nos orienta hacia el encuentro final con Cristo. La liturgia de hoy nos invita a vivir este «tiempo fuerte» que nos prepara a la Navidad. En palabras del papa Francisco, «el Adviento es un tiempo de espera, es un tiempo de esperanza. Espera y esperanza». San Pablo indica el objeto de la espera. ¿Cuál es? «La revelación del Señor». El Adviento no es sólo una palabra que, etimológicamente, significa «venida», «llegada» de Dios, hecho hombre, a las entrañas de la humanidad, sino una invitación a celebrar esa primera «venida histórica» que tuvo lugar hace más de veinte siglos, contemplando de nuevo a sus principales protagonistas: a Juan el Bautista, «la voz que grita en el desierto»; a María y a José, caminando hacia Belén; al coro de ángeles anunciando la Gran Noticia de todos los tiempos.

El Adviento es definido poéticamente en un verso maravilloso de León Felipe: «Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol y un camino virgen... Dios». El Adviento resuena bellamente en una canción popular: «La Virgen sueña caminos, está a la espera, / la Virgen sabe que el Niño, está muy cerca. / De Nazaret a Belén hay una senda, / por ella van los que creen en las promesas...». El Adviento, en esta hora apasionante y apasionada de la historia, es la «esperanza en vena» para este mundo nuestro que quiere despeñarse a fuerza de «bordear abismos» para calmar su sed, sin conseguirlo. El Adviento tiene su símbolo en la liturgia de la Iglesia, con la colocación de una corona circular -la «corona de Adviento»-, junto al altar de Dios, recordándonos que Dios no tiene principio, ni tiene fin y permanece para siempre. Sus «ramas verdes», de pino, de abeto, representan la esperanza y la vida, y nos recuerdan que Cristo está vivo entre nosotros.

Las «cuatro velas», colocadas en forma de corona, que se van encendiendo en las eucaristías de los domingos de Adviento, con su luz, nos ayudan a ver más claro, a ser clarividentes, de modo que podamos ver lo que habitualmente no vemos. Se pueden poner cuatro velas de colores distintos: el primer domingo de Adviento, vela morada, símbolo de nuestro arrepentimiento y petición de perdón; el segundo, vela verde, símbolo de la esperanza que nos lleva a esperar y a actuar; el tercero, vela rosa, símbolo de la alegría que sentimos por la llega de Cristo; y el cuarto domingo, vela roja, símbolo del amor incondicional a Dios nuestro Señor y de él a nosotros. En algunos lugares, en la noche de Navidad o al día siguiente se añade una vela central blanca, más grande, símbolo de la luz de Cristo presente entre nosotros y centro de todo cuanto existe. El Adviento, por último, es estar preparados y vigilantes, porque «no sabéis cuándo llegará el momento». «Nuestro Dios es un Dios que viene, viene continuamente», dice el Papa. «¡Él no decepciona nuestra espera! El Señor no decepciona nunca. Nos hará esperar quizá, nos hará esperar algún momento en la oscuridad para hacer madurar nuestra esperanza, pero nunca decepciona. El Señor siempre viene, siempre está junto a nosotros. A veces, no se deja ver, pero siempre viene».

Junto a las palabras del pontífice, el anuncio bíblico: «Jesús está a la puerta y llama». Cada día. Está a la puerta de nuestro corazón. Llama. Vino a Belén, vendrá al final del mundo, pero cada día viene a nosotros. Sabemos bien que la vida está hecha de altos y bajos, de luces y sombras. Cada uno de nosotros experimenta momentos de desilusión, de fracaso y de pérdida. Por eso, el Adviento tiene hoy, quizá, más sentido que nunca. Nos recuerda que Dios está presente en la historia para conducirla a su fin último, para conducirla a su plenitud. En medio de las tempestades de la vida, Dios siempre nos tiende la mano y nos libra de las amenazas.

El pasado 28 de noviembre, el papa Francisco se reunió con los obispos españoles, noticia y foto que acaparó las portadas de los periódicos. Tema central: ‘los Seminarios y la formación de los seminaristas’. En la Nota de prensa del Vaticano, poco que contar, sólo que la reunión duró cinco horas, -casi tres con la presencia del pontífice-, y que fue «un diálogo cordial» sobre los seminarios «muy en la línea del camino sinodal que hemos comenzado», en palabras del cardenal Omella. Leyendo y escuchando entre lineas y palabras, podemos sacar algo parecido a estas conclusiones: Primera, «los seminarios han de formar a personas maduras, libres, capaces de desarrollar una vida plena y una vida social adecuada; segunda, los seminarios han de formar hombres capaces de generar comunión y sacerdotes que vivan la sinodalidad de la Iglesia; tercera, los seminarios han de formar sacerdotes misioneros para una Iglesia en salida, hombres muy maduros, enraizados en la persona de Jesucristo, hombres de Dios, pero con los pies en el suelo, amando a Jesucristo y amando esta tierra y a esta gente que toca, crean o no crean». Al final, todo es Adviento, es decir, «espera y esperanza».

* Sacerdote y periodista

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