Opinión | Para ti, para mí

Decálogo para un «verano trepidante»

La Biblia distingue entre «tiempo» y «momento». El «tiempo» es el cronológico. Es el tiempo que corre inexorable en nuestros relojes, o que viene fijado, me atrevería a decir «ensartado», en el calendario. Una especie de marco, algo extrínseco a nosotros. El «momento» (kairós), por el contrario, es el tiempo que yo capturo, que hago mío, al que doy un sentido, al que lleno de cosas importantes, que construyo, en el que realizo opciones fundamentales y que, por tanto, llega a ser decisivo para mí. Es típica la expresión de un Salmo: «Enséñame a calcular nuestros días para que adquiramos un corazón sabio» (90,12). Además de la contabilidad numérica, existe una contabilidad de tipo sapiencial, que registra los días, no en base a su sucesión y cantidad, sino por los contenidos, los valores que el hombre pone dentro de él, por los objetivos que vive. Uno puede acumular cien años vacíos, y no haber vivido de verdad, como hombre, como cristiano, ni siquiera un día. Otro, por el contrario, logra estar presente y conferir plenitud a unos pocos segundos que valen una vida. Valga esta introducción para vivir este tiempo de vacaciones, para plantearnos el vivir un «verano feliz», de pleno descanso, de «encuentros y paisajes nuevos», de «descubrimientos y vivencias de valores que iluminen nuestras vidas». No es fácil en esta hora de tantas sorpresas, de tantas emociones, a los acordes de un «ritmo trepidante», impuesto a una sociedad que lo quiere «todo y ahora». A modo de decálogo, me atrevería a ofrecer una serie de sugerencias para nuestras jornadas de descanso. Primero, saluda cada día con optimismo y esperanza. Saborea «amaneceres nuevos» que preconizan jornadas luminosas. Segundo, coloca a Dios en tu agenda, dedicándole unos minutos, a ser posible donde Él se encuentra, en cada sagrario de la tierra. Tercero, no olvides la lectura de un buen libro. Para amar, liderar, sanar y crear, primero debes alimentarte. Cuarto, procura ejercer lo que hoy llamamos el «ministerio de la escucha», es decir, «saber escuchar a tantas personas como necesitan hablar contándonos sus problemas y mostrándonos sus heridas». Quinto, busca los mejores paisajes, sobre todo, «paisajes en los que reine el silencio» para dialogar con tu propio corazón. Sexto, visita algún monasterio o convento de vida contemplativa. Los monjes y monjas de clausura son hoy los principales «buscadores de Dios». Séptimo, dedica más tiempo y el mejor tiempo a tu familia, a los hijos que están en edad de formación, para que encuentren en las vacaciones «espacios de luz», «encuentros enriquecedores de humanidad». Octavo, toma nota de algún «descubrimiento» que enriquezca tu mente y tu vida. A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante. Noveno, recuerda a tu prójimo más necesitado. Y no «pases de largo», sobre todo, si puedes ayudarle, alentarle, socorrerle. Décimo, no dejes de visitar algún santuario mariano, para contemplar el regazo de María, madre de Dios y madre nuestra. Alguien dijo de la Virgen que con su «sí» se convirtió en un «sueño realizado» de Dios.

Precioso decálogo para colocar en nuestros semblantes la «sonrisa de Dios». Me vienen a la memoria los versos de León Felipe, en sus ‘Oraciones del caminante’, como brisa universal: «Sensibles a todo viento / y bajo todos los cielos, / poetas, nunca cantemos / la vida de un mismo pueblo, / ni la flor de un solo huerto... / Que sean todos los pueblos / y todos los huertos nuestros». Ciertamente, el verano nos ofrece mil paisajes, pero en nuestras manos está escoger «mares y olas» para sentir las caricias de la propia naturaleza, ya que «todo es como un beso cerca de nuestra boca».

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