Opinión | LA ESPIRAL DE LA LIBRETA

Cariño, ¿en qué estás pensando?

Este asunto de la inteligencia artificial (IA) va que se las pela, a una velocidad pavorosa, más rápido que la luz. Ahora resulta que un equipo de investigadores de la Universidad de Texas ha desarrollado un sistema para descodificar señales cerebrales, según anuncia la revista ‘Nature’, un hallazgo formidable para que los enfermos de ELA puedan expresar sus deseos, pero que suscita enormes recelos de llegar a escaparse de las manos, como suele ocurrir.

Lo que faltaba, un lector de pensamiento infiltrado en el dulce devenir de los días, un artilugio que dinamite muros, bridas y cortafuegos en la oficina o en las relaciones afectivas. Que aflore lo que piensas del jefe de departamento y te callas por tu bien. Que se desposea la frase que atraviesa la calma tensa del salón en la modorra del domingo por la tarde, a la hora del documental sobre la cópula de los camaleones, «cariño, ¿en qué estás pensando». O, peor aún, mirarte al espejo y no poder soportarlo sin la muleta del autoengaño. De repente, la vida en crudo, sin subtextos ni misterio ni el linimento de las medias verdades.

El sistema, que se ha probado con voluntarios, no transcribe la frase exacta, sino la idea que el individuo en cuestión tenga en mente, lo que se antoja aún peor, pues el lenguaje, las palabras, nos humanizan. El lector de pensamiento, por así llamarlo, combina el uso de una resonancia magnética funcional con un modelo lingüístico GPT, que tan de cabeza nos lleva en los últimos tiempos.

Significativamente, el anuncio de la revista ‘Nature’ coincide con la dimisión de Geoffrey Hinton, uno de los cerebros de la IA: abandona Google y advierte de los peligros de la hipertecnología. «Es difícil ver cómo se puede evitar que los malos actores lo usen para cosas malas», dice Hinton en una entrevista que publicó el lunes ‘The New York Times’. El científico aboga incluso por que se detengan los experimentos en este ámbito hasta que tengamos la certeza de que la IA se puede controlar. O sea, Hinton recula ahora, como le pasó en su día a Robert Oppenheimer, el papá de la bomba atómica.

Suena espeluznante. Me he levantado con el ánimo apocalíptico, presa de un arrebato ludita contra los telares, las devanadoras y las máquinas hiladoras de la inteligencia. Aunque, bien mirado, puede que no tenga tanta importancia; hace 25 millones de años los homínidos perdimos la cola porque ya no hacía falta para enroscarla a las ramas, de la misma forma que las muelas del juicio van desapareciendo de la cavidad bucal (somos menos carnívoros). Quizá dentro de nada ya no pensaremos.

* Periodista y escritora