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Antonio J. Mialdea

desde la periferia

Antonio J. Mialdea

Sostenibilidad en Dronninglund

Mis amigos daneses trabajan para construir un colegio en el que la huella ambiental sea mínima

Ahora sí que estoy en la periferia, pero de Europa. Como cada año, excepto los años oscuros, me encuentro en este país tan querido por mí que es Dinamarca. Las periferias del lenguaje las dejamos para otro día porque de inglés voy justito y mira que año tras año, ya sabéis, me propongo --¡Ay esas propuestas anuales!-- mejorar. Así que tranquilidad en el medioambiente porque no voy a escribir en english aunque ahora llevo unos días en los que, no hay más remedio --que dice mi madre--, debo hablarlo. Las guasas y cachondeos para otro día porque hoy les vengo a hablar de modelos de educación que, desde luego, no son imitables al cien por cien, ni tienen por qué serlo, pero algo seguro que podemos aprender de la misma manera que otros, aunque permítanme las serias dudas que tengo sobre esta cuestión, podrían aprender de los nuestros. De lo que no tengo duda alguna es del trabajo serio, esforzado y duro en estos tiempos que corren de la inmensa mayoría de las y de los docentes españoles.

Mis amigos Marianne y Claus y una veintena más de profesores realizan el milagro no solo de sostener un colegio (Dronninglund Efterskole) con algo más de un centenar de alumnos entre los 16 y los 18 años sino que además sostienen un proyecto de sostenibilidad medioambiental cuyo objetivo es construir un colegio en el que la huella de carbono que se emita desde el mismo sea la mínima posible. Y para eso hemos venido a la periferia de Europa mi compañera Miriam y un servidor de ustedes, apreciados lectores, como observadores de un proyecto general de centro educativo que cuenta con tres pilares básicos: la educación en la responsabilidad individual, la educación en la responsabilidad social y la educación en la responsabilidad con los objetivos de desarrollo sostenible, los tan traídos ODS que, actualmente, tienen como meta de realización el año 2030 pero que, como todos sabéis, vienen «coleando» desde hace muchos años sin que exista un organismo serio, eficaz y con capacidad real de ejecución que los obligue a cumplir. Para que nos entendamos, algo similar ocurre con la Declaración Universal de los Derechos Humanos: ahí está redactada desde 1948 y durmiendo «el sueño de los justos» (por cierto, el Estado Vaticano aún no la ha firmado).

La concreción de esos tres pilares básicos que he señalado anteriormente toman forman en tres proyectos que el alumnado debe desarrollar durante el curso escolar. El primero de ellos se denomina «¿qué puedo realizar para mejorar mi centro educativo?» y en él se tiene en consideración la alteridad antes que la individualidad, es decir, lo contrario a lo que hoy impera en nuestras sociedades occidentales neoliberales en las que el «yo» está antes, y a mucha distancia, que el «tú», en las que lo mío propio prevalece frente a lo del otro. El segundo de los proyectos sí incide en lo personal con la pregunta «¿Qué puedo realizar para mejorar yo mismo?», es decir, qué puedo hacer para mi propio crecimiento como ser humano. Y el tercero y último tiene que dar respuesta a la pregunta «¿Qué puedo hacer por mi entorno próximo, por mi entorno más cercano?». En él se establece esa conexión, la mayoría de las veces tan escasa y tenue, incluso nula, entre la escuela y la vida real, entre la escuela y la sociedad que te circunda.

Los tres proyectos tienen como eje vertebrador la consecución de un mundo más sostenible en todos los aspectos, de una sociedad más justa y democrática, de una escuela donde realmente preparemos a nuestro alumnado para el futuro que les aguarda y de una individualidad que jamás esté reñida sino, más bien, unida a la alteridad al modo del pensamiento Ubuntu: yo soy porque tú eres.

* Profesor de Filosofía | @AntonioJMialdea

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