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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

Manolete 2022

Recordamos a un hombre que fue más que su tiempo y se salió de él

Miles de personas acompañaron el féretro de Manolete.

Pienso en el último regreso de Manolete a Córdoba. Es el 23 de marzo de 1947. Ha volado a Madrid desde Lisboa, después de haber pasado unos días descansando en Estoril. Llega de madrugada: Guillermo, su mozo de espadas, lo trae en el Buick azul. Cuando llega a su casa, en la avenida de Cervantes, le está esperando su madre, doña Angustias. Aunque varios autores han tratado de trazar, entre ellos, algún distanciamiento fabulado entre conversaciones imaginarias, lo razonable es pensar que se produce ahí un encuentro emocionante, porque llevan seis meses sin verse. Hay una imagen de Ricardo, un día después, en la que posan los dos juntos, Manuel con un batín rojo de seda que tiene sus iniciales bordadas en el bolsillo del pecho. En la misma fotografía, al fondo, está el periodista José Luis de Córdoba, autor de la primera biografía de Manolete y de varios libros de semblanzas unificados en el tomo Manolete en el recuerdo. El día es importante porque estamos en marzo del 47 y nadie sabe aún que Manuel no volverá a regresar nunca más desde tan lejos: se había ido a Nueva York en octubre del año anterior, en un avión de la TWA, con Lupe Sino, antes de empezar la que sería su última temporada en tierras americanas. El asunto quizá no habría pasado de ahí si la revista ‘El Ruedo’ no hubiera publicado un reportaje en el que, entre sugerencias nada veladas, se da a entender que la pareja puede haber contraído matrimonio o está en trance de hacerlo. Tanto es así que, desde Lima, parece ser que a través de José Camará -más que un apoderado, un padre taurino y de vivencia que se encarga de sus contrataciones-, envía un telegrama a doña Angustias, la madre de Manuel, desmintiendo la boda. Es de suponer que la mujer respira con alivio, porque Lupe Sino jamás llega a cruzar ese umbral del palacete de Cervantes.

Tras pasar unos días en la ciudad, en los que se entrevista con Fray Albino y vuelve a ver a sus amigos, Manolete se va a la finca Peñaflor, de Álvaro Domecq, para preparar su reaparición el 22 de junio en Barcelona. Ya sabemos que será un verano mucho más sangriento que el que luego escribirá Ernest Hemingway: no sólo por la explosión de un polvorín de la Armada en Cádiz, causando 150 muertos y 5.000 heridos, sino también por la propia muerte de Manolete, el 29 de agosto, tras la cogida de Islero que le saja la vena femoral. Sin embargo, lo que más me interesa ahora al evocarlo, cuando esta misma noche se cumplirán 75 años de su muerte, es la impresión que se lleva Manuel cuando regrese a Córdoba y se encuentre el mismo paisaje. Es la misma ciudad, pero Manuel ya es otro. Ha pasado seis meses -no es la primera vez- en tierras americanas, y ahora tiene que volver a integrarse en esa ceremonia de discreción ferial que tan bien definiera Pío Baroja.

Cada vez que Manolete nos asalta en una fotografía, en un libro o desde la pared de cualquier taberna de Córdoba o Madrid, nos está mostrando el interior de un hombre, esa soledad retrospectiva de un torero que conmocionó a un país el día de su muerte. Winston Churchill envía un telegrama de pésame, lo que da la medida de su dimensión. Pero en las fotos nos mira un hombre joven que se ha asomado a otro mundo, que sigue amando Córdoba en lo que encierra para él de patria sentimental, pero ya ha visto mundos más vivaces que los que ahora se exhiben en tres selfies por cualquier geografía exótica.

No, Manuel opera su cambio al mirar hacia dentro y descubrir que si te quedas cómodo en ti mismo, en la endogamia personal que siempre acaba siendo la egolatría del sitio, es muy difícil que crezcas de verdad. Pienso, por ejemplo, en su encuentro de 1945 con Indalecio Prieto y los intelectuales del exilio mexicano, como los poetas Juan Rejano y Pedro Garfias -autor del canto emocionante a la tierra perdida que es su Primavera en Eaton Hastings- o del ex diputado cordobés republicano Antonio Jaén Morente. Manuel, por la excepcionalidad de su éxito, ha tenido acceso a varios mundos que se salen del pacato corte provincial, y por eso es realmente más moderno que los modernos de ahora.

Aunque Fernando González Viñas ha escrito dos libros espléndidos sobre él, sería interesante una aproximación más humana, más del ahondamiento en quien se asoma al interior de un ánimo. Su semblante nos sigue recordando que toda honestidad está en los ojos. Recordamos a un hombre que fue más que su tiempo y se salió de él, que sostiene un misterio en su expresión y hoy parece mirarnos desde dentro de nosotros mismos.

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