Opinión | Cielo abierto

Romero de Torres: una banda sonora

Alucinaría con la aceptación de ciertos cánones visuales y literarios

Julio Romero de Torres ha encontrado el misterio de su voz, con la lenta penumbra sombreada en el cuadro infinito de su nombre. Sólo con citarlo abres el mundo de una armonía propia, en su juego de símbolos ardientes. Se ha estrenado en el concierto del jueves en el Gran Teatro: la evocación musical de un universo, dentro del Festival de la Guitarra. La composición de José Antonio Rodríguez es un enigma literario: cómo miraría la Córdoba de hoy el pintor que supo convertirla en su mitología. Porque la identidad de la ciudad también se ha ido forjando en capas superpuestas de personalidades imantadas por su fuerza telúrica. Romero de Torres reinventa un espacio de representación para representarse a sí mismo. Desde entonces, distinguimos con una nitidez radical todos los elementos, bordeando las aristas visibles de un carácter cuya reivindicación, hoy, también es un ejercicio de libertad individual. Además de su talento extraordinario, el proyecto de José Antonio Rodríguez añade la virtud del lugar creativo donde coloca el foco: no en la Córdoba de hoy, ni en la de ayer -que Romero retrata con tensión metafórica de poeta finisecular-, sino en cómo sería su visión de la ciudad actual. No es la primera vez: ya en El guitarrista azul pintó la voz de Picasso, en una especie de retrato musical que tiene algo de pulso metaliterario, de recomposición cultural desde la creación contemporánea.

La mirada de Romero de Torres hemos podido escucharla en Córdoba gracias a la obra de José Antonio Rodríguez, pero hay que poner vísceras y pulso literario para tratar de imaginar cómo sería realmente. Más allá de la destrucción urbanística -cómo no recordar el artículo de Castilla del Pino, Apresúrese a ver Córdoba, ya en 1973, en Triunfo, o las sutiles y emocionadas evocaciones poéticas de Pablo García Baena- creo que Romero de Torres habría alucinado con la aceptación de ciertos cánones visuales y literarios. El hombre que camina entre gigantes y es también un gigante, que recibe en su estudio madrileño a Valle-Inclán, mientras charla con Juan Belmonte y con Manuel Machado, creando un monumento impresionante de plasticidad envolvente, en una sensualidad tan poderosa como extraña, que eleva a la mujer a centauro ancestral en sus tacones, asistiría a las exposiciones de cierta fotografía costumbrista o doméstica actual, o de poesía mínima, como el atleta olímpico superdotado que asiste a un juego de petanca.

Su fuerte simbolismo crítico, tan acertadamente definido por Carmelo Casaño, ahora ya con banda sonora de guitarra de José Antonio Rodríguez, es un temblor celeste que sigue reafirmando la ambición, el desafío y el nervio de la creación verdadera.

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