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Diario Córdoba

Miguel Ranchal

La sonrisa de Edmundo Dantes

Esa risa que sostenía Aristóteles como sinónimo de inteligencia es la que puede salvar al mundo

El miedo no es libre. Es un mecanismo autorregulador de las especies para sobrevivir -más sofisticado en el ser humano, que intenta domesticarlo como elemento motivador-. Pero también el hombre lo instrumentalizó para ejercer el poder. Ejemplos, a patadas; y, como muestra, un botón. Mediado el siglo II a.c. Roma había acelerado su expansión colonial. Había exigido al rey sirio Antíoco IV la retirada inmediata de Egipto. El general romano Popilio le entregó a Antíoco las condiciones de rendición emitidas por el Senado. El monarca planteó corteses evasivas, pero Popilio, rompiendo todas las reglas protocolarias, con una vara de sarmiento trazó un círculo alrededor del rey, ordenándole responder al escrito antes de salir de redondel. Tras meditarlo brevemente, Antíoco dijo que atendería los deseos del Senado.

El miedo no es libre. Lo difícil es tener las agallas para superarlo. Hay que ser muy valiente para eludir la autocensura y, como bien escribió el otro día Sergio del Molino, quizá se cuenten con los dedos de una mano los escritores dispuestos a inmolar su vida íntima en pos de una turbulenta coherencia literaria. Salman Rushdie no fue vanidoso, sino cínicamente sincero cuando indicó que jamás le concederían el Nobel -apunta uno salvo que todos los miembros del jurado hubiesen solicitado previamente la eutanasia-. Es el pánico de sentirse señalado por ese ignominioso dedo exterminador, que también alcanzó al traductor al japonés de ‘Los versos satánicos’. Rushdie no utilizó la ofensa como elemento motivador de esta novela, sino como un episodio colateral de la libertad creativa que nunca puede quebrar al creyente, pero sí azuzar al fanático. Porque el fanatismo es la infantería del estamento teocrático que, volvemos a la casilla de salida, no deja de ser una variante de la insaciable condición humana de ejercitar de manera implacable el poder.

No cuestionamos la trascendencia de la fe, pero su evolución está trazada por los convencionalismos humanos. Posiblemente el cristianismo llegó a ser lo que es porque Constantino se jugó la última carta de la invocación de la cruz cuando todo apuntaba a la victoria de Majencio. Puede hablarse de milagro, pero también de golpe de audacia por parte de Constantino y exceso de confianza por parte de Majencio, que salió a presentar batalla fuera de las murallas de Roma despreciando su posición prevalente.

No puede existir una prelación en las creencias, pero el cristianismo tenía más adelantado que el islam su calendario a la hora de desdibujar sus fundamentalismos. También por blasfemia condenaron a Miguel Servet, equiparando esta vilipendiada libertad de expresión con el descubrimiento de la circulación de la sangre. Hablamos en pasado porque desde América despiertan movimientos retrógrados, los que buscan estigmatizar nuevas brujas de Salem en las mujeres que defienden el aborto.

El frustrado asesino de Rushdie es hijo de una infame paciencia. Ni siquiera había nacido cuando Jomeini declaró su fetua. Pero ese «vivo o muerto» del salvaje oriente no le ha impedido al escritor hindú seguir escribiendo. Rushdie ha probado en sus propias carnes que existen otras maneras de sentirse Edmundo Dantes; comprobando que, como le ha ocurrido a Roberto Saviano con la mafia, lo escrito incomoda y que, para mantener esa taumaturgia, no hay forma más simple y brutal que matar al mensajero. Si existiesen cínicos mediadores entre tanta iluminada intransigencia, hasta podrían sugerir que Rushdie casi ha perdido un ojo, apelando al Talión del Decálogo para levantar la condena. Lo importante es que Salman Rushdie está vivo; que ya habla y que incluso puede recuperar su perenne sonrisa. Esa risa que sostenía Aristóteles como sinónimo de inteligencia; la misma que defenestraba a Jorge de Burgos y a todos los fundamentalistas; la que puede salvar al mundo de tanto cretino de púlpito y daga.

 ** Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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