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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

Marilyn

Ella, que murió hace 70 años, consigue ser la suma de todas las rubias anteriores y posteriores

Hay algo indefinido en esos ojos ovillados de Marilyn, casi acurrucados en sí mismos, una cierta ternura indescifrable. La sensación ha ido creciendo las últimas seis décadas: Marilyn más humana, mucho más vulnerable en su belleza mantenida en un foco encendido para todos los tiempos. De alguna forma Marilyn consigue ser la suma de todas las rubias anteriores: Jean Harlow, que es la rubia platino visionaria, manteniendo su dúo con Clark Gable en Mares de China y Saratoga, o esa Lana Turner fastuosa para la que el cartero John Garfield siempre llama dos veces, que es también la extraordinaria Milady con un puñal de acero entre los labios destinado a Gene Kelly en ‘Los tres mosqueteros’. Vuelvo a recordar a estas dos mujeres que nunca me han dejado, con belleza de época, rubias ambas, doradas de esplendor, y creo que Marilyn Monroe llega al cine, a nuestras vidas y a ese amor soñado entre los camerinos para entenderlas a todas, para encarnarlas a todas, para acumular a todas las rubias anteriores con que hombres y mujeres de todas las edades soñarán y soñaron. Sin embargo --y aquí está la grandeza de Marilyn Monroe, de cuya muerte se cumplen sesenta años--, también ha contenido en su recuerdo al montón de rubias posteriores: qué ha sido Madonna, entre otras muchas máscaras, sino un canto lejano y permanente a ese rubio platino que gozamos en ‘Con faldas y a lo loco’ o ‘Bus stop’; y qué ha sido también esa Sharon Stone gloriosa, con los muslos abiertos al presente de un interrogatorio, en ‘Instinto básico’, sino una versión oscura y más siniestra de la rubia platino, pero también con alma noble en el regazo de esa Catherine Tramell que escribía novelas de misterio mientras asesinaba --o no-- a sus amantes con punzones de hielo. Todas estas mujeres, el pasado y el futuro, estaban y estarán en esas curvas que la madrugada del 15 de septiembre de 1954, pararon el tráfico en Nueva York durante el rodaje de ‘La tentación vive arriba’, a la una de la madrugada, justo en el cruce de la avenida Lexington con la calle 52. La escena en la que Marilyn deja que ese aire que asciende por las rejillas del metro levante la falda del vestido blanco la rodó Billy Wilder catorce veces. Había alrededor 5.000 neoyorquinos. Fue una noche de verano y el principio de una ensoñación.

Mitos, muslos, noches. Para qué negarlo: hace mucho calor. Sin embargo, Marilyn siempre ha sido algo más, como toda belleza verdadera. Es como si a Ava Gardner le quitas esa angustia de exprimir la fiesta hasta sus límites, subiéndose a la mesa con Lola Flores en Villa Rosa con la lluvia dorada en jirones de luz hasta el amanecer. Todas estas mujeres también son hermosas y atractivas por guardar su misterio y mirarte de frente mientras te ofrecen mundos, y además los ocultan. También Marilyn Monroe: recuerdo haber leído a Pere Gimferrer que, precisamente por representar lo opuesto a lo intelectual, Marilyn siempre ha resultado fascinante para los intelectuales: que se lo digan a Arthur Miller, que se casó con ella. Supongo que eso es así si te consideras un intelectual tan extremista -no es el caso de Gimferrer- que necesitas justificar ante ti mismo una pasión.

Entre las fotos finales tomadas por Sam Shaw frente el mar y la brisa, justamente el verano de 1957, hay una que no sé si la he llegado a ver o la he soñado. Sucede así con Marilyn y toda la belleza que se alcanza, y después se diluye dentro de su silencio. La he buscado varias veces, pero solo puedo evocarla en fogonazos: unos muslos se extienden con la arena cubriendo ligeramente las rodillas bien contorneadas y los pies parecen jugar entre sí. Tiene un lunar rotundo sobre su muslo izquierdo y se entrevé el bikini con líneas azules: no es el mismo bañador blanco con el que posa en el resto del reportaje. Marilyn se ha pintado las uñas de los pies de rojo, homenaje final a ese carmín que reforzó el color de sus tiernas aristas en su primer desnudo, cuando era castaña y se llamaba Norma Jean. En su juego de pies, rozándose entre ellos al estirar las piernas más allá de la toalla de colores, casi da la impresión de que se intenta tocar la plenitud del horizonte, llegando a un tiempo propio que no solo está en Marilyn, sino en cada uno de nosotros, en nuestros recuerdos, con sus fotografías, que también nos asaltan en la fiebre más dulce de agosto.

Esa foto en la playa de Marilyn Monroe, o de otra mujer que también pudo ser modelo de Sam Shaw hace sesenta años, me llama y me alumbra al escribirla entre sueños despiertos.

* Escritor

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