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Diario Córdoba

Miguel Ranchal

Profecías galas

La victoria de Macron supone levantarse tras los sudores de un mal sueño

¡Qué vamos a hacer! Nos pirran las profecías, ese pret-a-porter telúrico con el que pretendemos empaquetar nuestros resquemores hacia el futuro para seguir remoloneando con el presente. Nostradamus es quien más likes arrastraría en las redes, pues de oídas sigue concatenando esa morbosidad apocalíptica. Tampoco se quedaría atrás en esos estiramientos de Dan Brown la gravedad de San Malaquías, ya que la laicidad no es obstáculo para que los Papas marquen el fin del mundo. Pero apunten otro nombre.

Michel Houellebecq escribió en 2015 Sumisión, trasladando a las Presidenciales francesas de 2022 un futuro inquietante. Los partidos tradicionales se han hundido y a la segunda vuelta concurren Marine Le Pen y Mohammed Ben Abbes, carismático líder de una nueva formación islamista moderada. Es la mefistofélica diatriba del susto o muerte, y toda la izquierda se une, todavía sin taparse la nariz, para evitar la llegada al Elíseo del Frente Nacional. Con el paso de las páginas, el ácrata Houellebecq, nada sospechoso de querencias fachas, enfila la narración hacia una suerte de Estado Islámico, al que le falta la media luna en la cúspide de la Torre Eiffel, por no ocultar que Francia se convierte en Francistán. En 2015 Macron era un político incipiente, pero aún le quedaban dos años para ocupar la más alta magistratura gala. Pero el autor de Serotonina clavó la debacle de los partidos históricos franceses, al tiempo que olfateó que la ultra derecha jugaba al gallito inglés, consiguiendo un 41,5% del escrutinio y más de 10 millones de votos.

Por mucho que lo tachen de engreído y condescendiente, la victoria de Macron supone levantarse tras los sudores de un mal sueño. El presidente reelegido no le hace ascos a encarnar la egolatría francesa. Su perfil encajaría en una galería de retratos decimonónicos, buen paño de levita y pañuelo de seda en el cuello. Un alivio este sentido de Estado y de Europa ante tanto calostro populista. Cayetana Álvarez de Toledo indicó que, con Feijóo, había llegado un adulto a Génova. Al frente del timón francés se mantiene un jerarca que no le ha dado piruletas al populismo.

Por lo pronto, Vox no se ha puesto el pañuelito morado y, por primera vez, el presidente de las Cortes Castellanas no ha asistido a Villalar en el día de la Comunidad castellano-leonesa, arrastrado por su ascendente voxero. Una anecdotita eso de desligarse de Bravo, Padilla y Maldonado, como si la España que defienden solo fuese patrimonio de los Austrias. Aunque también es marcar, por omisión, el territorio, aunque en eso de reventar desde dentro las autonomías quizá pese menos la Grande y Libre que tocar cacho de la purpurita fragmentada.

Ahora, le corresponde a Moreno Bonilla colocarle a la calavera de Yorick un sombrero cordobés. Frente al bufón que alegró la niñez a Hamlet, toca calibrar el perfil moderado del presidente andaluz, que ha de lidiar entre el plante a posiciones extremistas y el riesgo de los caladeros de votos fuera de las fronteras de la centralidad. Con la variable de un socialismo andaluz en busca de autor, a caballo entre una responsabilidad que se ahogue en la ingratitud electoral y un espoleo que no priorice tanto los diques democráticos, sino la laminación de la gobernabilidad.

Quizá Malaquías, perdón Houellebecq, se equivocó de año. Porque en 2027 Macron ya no podrá presentarse a una tercera reelección, y Marion Maréchal-Le Pen podría asumir el delfinato de la euforia ultraderechista. Susto o Muerte. Mientras tanto, bastantes problemas tenemos más cercanos. En junio, sin ir más lejos.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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