Opinión | LA CAFETERA DE ASPASIA
El origen de la guerra
En 1866 Courbet pintó una de las obras más desquiciantes de la historia: ‘El origen del mundo’, cuyo origen no está del todo claro. Para algunos, encargo directo del diplomático turco Jalil-Bey quien deseaba un retrato genital de su amante, para otros, adquirida por el anticuario Antoine de la Narde en 1868, quien -dicen- que lo colocó discretamente en su propia tienda, escondida tras otra pintura de un paisaje nevado.
La obra describe uno de los temas más representados de la historia del arte en pintura a través de diosas, ninfas, Venus, mitos, arquetipos, etcétera. Nos referimos al pubis femenino, a las vaginas (nada nuevo que añadir, en principio, algo millones de veces representado), pero con la salvedad de que esta mirada de Courbet es directa a los órganos sexuales femeninos, no hay idealización, no hay una suavidad en el tema, sino que se representa en primer plano ese elemento, con todos sus detalles, gracias a la apertura de piernas de la modelo.
Parece que la obra se vendió en 1955 a Jacques Lacan quien, a pesar de su modernidad, lo ocultó hasta que, tras su muerte, los herederos lo donaron al estado francés en 1995. Así, el cuadro no habría visto la luz pública hasta 1988, en una muestra en Nueva York.
La respuesta no se hizo esperar y, en 1989, la artista francesa Orlan hizo ‘El origen de la guerra’, colocando a un modelo masculino desnudo en la misma postura que había situado a la modelo Courbet. El origen de la guerra, la violencia, quedaba para la artista asociada directamente a la condición masculina, a un primer plano de unos genitales, a un pene, a la testosterona, a la masculinidad en general. Un planteamiento que, desde un punto de vista histórico, tiene su lógica.
Hemos visto, tras la agresión del actor Will Smith a un cómico cómo, enseguida, se le ha tachado de ‘machito’, de ‘gallito’, de responder a los comportamientos patriarcales de siempre. Todo el planeta le ha dicho «Will Smith, majo, eso no se hace... y menos tú». Nada nos gusta más que aleccionar a los demás. La violencia no se puede justificar, está claro, pero ¿cómo justificar también que sonrías cuando ridiculizan a una persona enferma de tu familia, delante de millones y millones de personas en televisión? Todos nos podemos equivocar y, quizás, no dependa de nuestros genitales.
* Artista y profesora de la Universidad de Sevilla
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