Kiosco

Diario Córdoba

Marian Rebolledo

LA CLAVE

Marian Rebolledo

Esa bofetada

Esa bofetada que le soltó Will Smith al presunto humorista Chris Rock es la que casi todos, en algún momento de nuestra vida, le hubiésemos soltado a alguien. Así, con retroceso de brazo y la mano abierta.

Esa bofetada a muchos les ha sabido a gloria, porque es la bofetada del que está hasta las narices y no aguanta más. Te levantas, vas con paso firme hacia ese ser que lleva años agraviándote (o segundos, hay gente a la que se puede odiar en segundos), echas el brazo para atrás y plas, en toda la cara. Un puñetazo es violencia barriobajera, es un revolcarse en el suelo entre gritos y patadas. Una bofetada, en cambio, es más elegante. Es la agresión seguida del desprecio. Te abofeteo, me doy la vuelta y te dejo ahí, con la mano en la mejilla y cara de humillación. ¿Qué gusto, verdad? Bien, y ahora volvamos al principio. Soltarle a alguien una bofetada es el sueño húmedo de mucha gente frustrada, pero es eso, un sueño y así debe quedar. Hacer lo que hizo Will Smith, además de pelín machirulo (yo defiendo a mi chica, el amor me hace hacer estas cosas) es iniciar un conflicto violento, algo que sabes cómo empieza, pero no adónde te puede llevar. Si Jada Pinkett, la mujer de Will Smith, se hubiera levantado ella misma para abofetear al cómico que se metía con su alopecia, la cosa sería distinta: ahí ya te digo que me hubiese sumado al aplauso general. Porque hay bofetadas y bofetadas.

¿Recuerdan ‘Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto’? Es una película maravillosa de Agustín Díaz Yánes. ¿Recuerdan la bofetada que le suelta casi al final una machacadísima Victoria Abril a un individuo grosero? Pues esa bofetada sí, Will Smith. Esa bofetada sí que la hago mía.

* Periodista

Compartir el artículo

stats