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Diario Córdoba

Ana Castro

EL CUERPO EN GUERRA

Ana Castro

Lluvia de barro

El siglo XXI empezó potente. El 11S sacudió el orden mundial tanto como ahora, veinte años más tarde, la invasión de Ucrania, que ya excede el mes. Y persiste. Persistirá. Las sanciones aumentan, las relaciones internacionales polarizan de nuevo el planeta y... ¿Cuántos acontecimientos más tendremos que presenciar la generación de los 80’-90’ para quedarnos en estado de shock y preguntarnos cómo cambiarán los libros de historia de nuestras hijas y sobrinas? A muchas la guerra le parecerá algo anacrónico; las ucranianas y los países limítrofes que no paran de acoger refugiadas saben que es algo muy real y que ellas y las niñas se llevan la peor parte (quienes piensen lo contrario que lean a Svetlana Alexiévich).

Nunca olvidaré cómo mi madre me hablaba de la invasión de Serbia y cuánto la impactó ver con apenas 30 años a mujeres como ella muertas, ahí, en cualquier cuneta. Yo las veo ahora en Ucrania, muertas o desterradas al exilio y me digo que su Serbia es mi Ucrania y que cuál será la guerra que vea mi sobrina a sus treinta. Si es que llegamos a eso, porque desde hace un tiempo no paran de sacudir la realidad que conocíamos. El covid cambió el ritmo de nuestras vidas. Desde entonces, no ha parado de caernos una tras otra (o será que quizás ahora estamos más informadas o somos unas cínicas y pensamos que en otros momentos de la Historia no sucedía porque estaban demasiado preocupadas por sobrevivir -¿acaso no lo estamos nosotras ahora?-).

Cada vez pesa más el carro de la compra, el recibo de la luz, el gas, llenar el depósito del coche..., además de nuestra preocupación sobre qué pasará, si Putin apretará un botón y... Pero está claro que esta escalada de angustia es una guerra de desgaste económico y moral también para el resto de Occidente, y las personas con menos recursos y las enfermas somos las más afectadas. Necesitamos algo a lo que aferrarnos. Yo insisto cada vez más en el ahora y en las pocas cosas que en realidad importan en la vida: poder querer a alguien, que nos quieran... Y sobrevivir. Pero sobrevivir se ha puesto muy cuesta arriba.

Y ahora, después de la calima, de inquietantes cielos naranjas más que cálidos sepias nostálgicos, llega esta insólita lluvia de barro nunca anunciada bíblicamente de procedencia desértica -con cierto sabor a justo castigo sahariano- y quiero pensar que no son las langostas, sino que se ha presentado como la lluvia de ranas de Magnolia, la película de Paul Thomas Anderson, como oportunidad para la redención. No sé muy bien de qué.

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