Cádiz ha sido ejemplo del cambio de ruta, lo explicaba un representante sindical sentado a la mesa de negociación del sector del metal, «nos llevan quitando tanto que nos quitaron hasta el miedo».

Los finales de los noventa y el comienzo de siglo estuvieron impregnados del discurso anglosajón de la fuerza del individualismo, del poder de la libertad que en esta era posmoderna en que el mundo de lo material había dejado de tener importancia te impulsaría gracias a la tecnología y a las nuevas comunicaciones a descubrir las dimensiones que el futuro te ofertaba. El emprendimiento formaba parte de este discurso que te permitía alcanzar el éxito y prescindir de los marcos colectivos y organizaciones sociales que aprisionaban tu libertad y tu empoderamiento para hacer frente solo al mundo a pecho descubierto y ganar.

La crisis de 2008 y la actual recolocaron las medidas a su sitio, evidenciando los déficits de productividad de toda Europa y nuestra dependencia energética, regresando a lo material y apartando lo evanescente. Vuelve el conflicto social, los trabajadores despertaron del letargo de la incapacidad de acción frente a las multinacionales y al papel reducido del estado-nación frente a estas nuevas dinámicas. Ya no funciona el mito de David frente a Goliat, volvamos a los ejércitos espartanos o atenienses.

Porque si de algo hemos reaprendido en este nuevo tiempo es que los mecanismos de concertación social funcionan y Cádiz ha sido el último ejemplo en un conflicto de alto voltaje con implicación de toda una ciudad que podría haber derivado en una escalada de violencia de difícil marcha atrás. Cada vez es más visible la necesidad de la reforma laboral, que devuelva el poder a los convenios sectoriales frente a los de empresa, de donde nunca debieron salir, posibilitando así la articulación de los conflictos con todas las partes representadas en un reparto de fuerzas más equitativo, aglutinado las demandas de los trabajadores y aceptando todos los resultados de la negociación. La concertación social otorga estabilidad económica y social al país en un momento en el que los costes de las transformaciones industriales y de producción van a producir ejércitos de derrotados a los que solo les quedará la protesta. La defensa colectiva de los derechos de los trabajadores vuelve a ser considerada como una herramienta necesaria después de caernos de la arcadia feliz de los salarios emocionales o el poder de la mente. Los sindicatos tienen un nuevo resurgir después de esta crisis global, de la precariedad, de la gestión de los fondos europeos y las incertidumbres energéticas.

*Politóloga