Opinión | bajo el puente de hierro

Una familia que huye

Vivimos un tiempo en el que hasta la conmiseración es entendida como una muestra de debilidad

Una familia que huye es un espejo roto. Un hogar remendado. Su casa, desmenuzada y arrastrada por el viento, ya es solo una fantasmal arquitectura. El dolor, como un liquen, extiende su manto pálido. Una familia que huye no tiene nada más allá de la piel, su última e indiscutible frontera. Las manos entrelazadas, su nudo de sombras. Un amuleto tembloroso, una batalla íntima contra el miedo. Sus huellas son su testimonio mudo. Sus huellas deberían ser atronadoras, deberían sacudir nuestros edificios, descascarillar el techo, hacernos temer por nosotros mismos; porque nadie está a salvo de la sinrazón. Porque si algo nos ha enseñado la historia es que el infierno es un animal que remolonea y busca alimento en cualquier puerta. Pero aquí estamos, viendo por televisión un desfile de arena, con el corazón a buen recaudo. Miles de familias que huyen con silencioso estruendo, con rabia calma, con esquelético anhelo. Por caminos de tierra o espuma. Siempre hacia puertos de niebla.

Ni tú ni yo tenemos solución para los grandes problemas de nuestro mundo. Lo digo más claro: ni tú ni yo podemos hacer nada. Esa nada se hunde entre las clavículas como una flecha en llamas. Estamos perdidos. Saltamos sobre la bestia. Esquivamos sus astas en una inesperada taurocatapsia. ¿Qué hacer? Votar y confiar en los partidos políticos, en su moral traslúcida, en sus jaulas de metacrilato. Confiar en su trabajo cuando las luces se apaguen, cuando las cámaras estén en otro lado. Confiar en su valentía, que llenen de verdad sus discursos huecos. O quizá solidarizarnos, que es un verbo que aún tirita. O llorar, aunque sea hacia dentro. Valorar lo que tenemos. Esos tristísimos y hondos consuelos. Mientras veía en los informativos a un padre que lanzaba a su hijo a los brazos de un soldado desconocido, yo acariciaba la mano de mi hijo, que dormitaba en calzoncillos en el sofá. En sus labios quedaban restos de Nocilla. En el suelo, su muñeco de Hulk. Sus dedos curvados y blancos alrededor de un cojín.

Todos los niños son el mismo niño, la inocencia es una. Querría decir que el mundo es uno, también; que compartimos entusiasmo y desidia, que todos bailamos arrítmicamente en idéntica verbena. Pero esto va de otra cosa. Vivimos un tiempo terrorífico, pues hasta sentir se ha convertido en objeto de burla. ¿En qué momento la conmiseración fue entendida como una muestra de debilidad? ¿En qué momento nos convertimos en mansos portavoces de gerifaltes mediocres, de trepas trajeados, de profesionales de la abulia? Soy pesimista. No creo en la maldad, pero sí en un egoísmo blindado. Un egoísmo que no es arrogante, sino más bien un huésped áspero y silencioso dentro de todos nosotros. Uno de esos invitados que parece que no están, pero que chistan severos cuando el ruido fuera es demasiado alto. La enorme lupa que nos regalan al nacer con el único propósito de que nos miremos el ombligo hasta el día de nuestra muerte. Yo también estoy harto de que me riñan. Yo sólo quiero vivir con júbilo y decoro, pero no puedo contenerme ante la angustia ajena, ante la arbitrariedad, ante las pomposas justificaciones que leo acerca del daño.

Ya no es que defendamos nuestras propiedades, es que moriríamos defendiendo nuestros prejuicios, nuestro patrimonio de dudas y temores. La culpa siempre es de los demás. Ninguna idea hay más nauseabunda que la de pensar que hay tragedias merecidas. Que hay penas buscadas. Que el dolor es la respuesta a una pregunta lanzada al aire. Nuestra sociedad no ha abandonado sus viejos hábitos de destrucción, de desigualdad y de pereza. Ponen música de piano en los informativos, como si las familias que huyen, a la vez tan rotas y unidas, se movieran porque un guion así se lo exige.

Si la palabra no construye, no es palabra. Igual que no llamamos torre a la piedra que se adentra en la tierra. Igual que no es fiera la higuera ni humano el que niega acogida a otros humanos. Abrir los brazos es una gimnasia antigua. Dar la bienvenida a las familias que huyen, porque su huida también es la nuestra. Y quien piense que hay un nosotros y un ellos es que no ha visto sus huellas, ni su llanto, ni sus leonados páramos, ni ha comprendido que vivir es eso y no otra cosa: buscar acomodo en las vastas ciudades, proteger a nuestros hijos, crecer como el césped, hacia los lados y no hacia arriba. Si hasta la humanidad es hoy en día discutible, es que el mundo, definitivamente, se ha convertido en su propio y siniestro enemigo.

* Escritor