Opinión | El triángulo

La política útil

Vamos de subida de las temperaturas, de los contagios, de la factura de la luz, de algunas nimiedades como las persistentes metáforas marineras de Pablo Casado y otras transcendentales como el número de mujeres asesinadas por violencia machista. Hay una sensación de vivir en una inercia de las trayectorias que la intervención pública es incapaz de frenar o modificar. Y esta percepción de inevitabilidad acentúa la impresión de desidia de los liderazgos públicos. Deberían cambiar el foco a la hora de abordar ciertos asuntos primordiales, no creo que sean incompatibles ni que se pueden manejar múltiples a la vez, pero estaría bien apartar las guerras culturales que solo benefician a las que las promueven. Centrarse en asuntos reales que tenemos que arreglar y afectan a la vida de las personas es el camino para demostrar la efectividad de la democracia en periodos de populismo creciente. Las encuestas demuestran que cuando la opinión pública percibe la urgencia sobre ciertos asuntos como el cambio climático, la regulación de la energía o la igualdad de derechos se muestra de acuerdo en que hay que resolverlos e involucrar a la ciudadanía a la hora de hacerlo. Del mismo modo, para frenar la dura fase confrontativa en que se encuentra la política en nuestro país, necesitamos no solo la reconducción de una parte de los partidos políticos que solo siguen buscando la caída del gobierno, sino que estos vean incentivos en la moderación de su discurso, que los sondeos de opinión no premien estos discursos sin tregua.

Hay personas a las que les asustan cambios evidentes y rápidos, que abominan del feminismo, temen la transformación social, la caída de ciertas jerarquías, y quieren verlas restablecidas. Hay quien se agarra a este modelo tradicionalista y, para algunos, ahora nostálgico de una vida mejor pero no pueden ser los que marquen el discurso y la agenda pública. Hay tantos problemas acuciantes que necesitan intervención rápida para frenar esas crisis y largo plazo para reconvertir lo que tienen de estructural esos conflictos que no nos paremos en la trampa cultural.

La democracia se la juega en la demostración de su eficacia y el descontento ahora no se manifiesta como tensión en las calles sino como erosión de las instituciones: parlamento, poder judicial, prensa o procesos electorales. Y hay medios y líderes políticos que no solo colaboran con la erosión, sino que conducen la apisonadora que acelera el desgaste. Más que reivindicar la moderación y valorarla es necesario que sea percibida imprescindible para que la acción pública nos acompañe en las transformaciones sociales sin dejarnos caer sin red.