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Calor, pensiones y frío

 

Calor, pensiones y frío -

Manuel Fernández Manuel Fernández
08/12/2017

Han pasado los años pero el momento sigue en la memoria. Era antes de la Purísima, como se llamaba al día de la Inmaculada, y nos habían mandado a unos cuantos alumnos a por agua al pozo del que se servían las escuelas de Villaralto para convertir en leche los polvos blancos que nos mandaban los americanos. La distancia, por la carretera de Villanueva del Duque hasta el pozo, en cuesta abajo y cuesta arriba de algo más de un kilómetro, nos producía a los colegiales un calor del que tomaba buena nota nuestra camiseta de invierno, de caluroso pelo aunque todavía estuviésemos en otoño. Subíamos el cántaro por esa carretera --por donde ahora está la residencia de ancianos-- y mientras acortábamos distancia camino de las escuelas el sudor se hacía tan líquido que nuestras camisas y jerseys se iban convirtiendo en esponjas. Era el día de antes de la Purísima, el 7 de diciembre, y por la comarca de Los Pedroches, por Villaralto y Villanueva del Duque, en aquella época de los sesenta, el planeta también sufría los dislates del clima: en pleno diciembre, para la Pura, el calor impedía que los niños llevásemos puesta una camiseta de invierno, de las de pelo, a no ser que quisiéramos convertirnos en alumnos-estropajos, a esos que como a Trump les da igual el efecto invernadero y el calentamiento global. O sea que clima desigual y no muy acorde con el almanaque, o sequías, se han sufrido en todas las épocas. Estamos en 8 de diciembre del 2017 y hace frío. Cerca del 8 de diciembre de 1960, 61 o 62, el calor con sudores de estropajo era lo normal.

¿Y por qué nos acordamos de aquel año en que sudamos, como chiquillos, la camiseta de invierno cuando íbamos a por agua en aquellos cántaros de las escuelas de Villaralto? Quizá porque estamos en una época en que un puente festivo hace historia y señala a quienes están trabajando o no, al tiempo que deja de ser un momento de libertad personal y se convierte en un teorema digital, que ata nuestras manos al móvil. O quizá en la casualidad de esa mujer que a las 9.45 de la noche, cuando yo iba algo tarde a ver un partido de fútbol de la Champions League en tele no abierta me detuviera y me pidiera un bolígrafo, «ahora se lo devuelvo», «a ver si no». Termina, le cuento por wasap a mi hija lo que me ha pasado y me doy cuenta de que los puentes pertenecen cada vez más a quienes andan en nómina y pagan parte de la pensión de los jubilados.

Quizá la luz de la Navidad, que ya se ha encendido, señale mucho más a los miles de ancianos que la salud, un bien de la democracia, les ha alargado la edad. Aunque quizá les haya quitado aquel calor de la Pura de cuando eran alumnos y empiecen a tiritar por el miedo a si será posible una pensión de tantos años.

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