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SUPERVIVIENTE DE LA MATANZA DE ATOCHA

Alejandro Ruiz-Huerta: "Siempre tuve la mala conciencia de no haber muerto aquella noche"

 

Alejandro Ruiz-Huerta: 'Siempre tuve la mala conciencia de no haber muerto aquella noche' - Foto:JUAN MANUEL VACAS

JOSE LUIS RODRIGUEZJOSE LUIS RODRIGUEZ 24/01/2009

El 24 de enero de 1977 tres pistoleros del autodenominado comando Roberto Hugo Sosa de la Alianza Apostólica Anticomunista (Triple A) asesinaron en un despacho laboralista de CCOO en la calle Atocha (Madrid) a tres abogados, un estudiante de Derecho y a un administrativo y dejaron cuatro heridos. Este atentado se conoce como La matanza de Atocha . Los asesinos iban en busca de Joaquín Navarro, dirigente del Sindicato de Transportes de CCOO en Madrid, convocante de unas huelgas anteriores, pero al no encontrarle abrieron fuego contra las nueve personas que en ese momento trabajaban en el bufete. Como consecuencia de los disparos murieron los abogados Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides y Francisco Javier Sauquillo; el estudiante Serafín Holgado, y el administrativo Angel Rodríguez. Resultaron gravemente heridos Dolores González Ruiz, embarazada que también perdió a su bebé, Miguel Sarabia Gil, Luis Ramos y Alejandro Ruiz-Huerta. Este último ejerce ahora de profesor de Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho de Córdoba desde el 2007.

--Este sábado se cumplen 32 años de esa matanza. ¿Cómo recuerda esa trágica noche?

--Aunque haya pasado todo ese tiempo, ese suceso se ha mantenido fijo en mi recuerdo, forma parte de lo que se llama memoria de destello, porque es un dato clave de la historia de la Transición en España, y porque resulté herido en ese atentado, que puedo reconstruir perfectamente.

--Con el tiempo que ha transcurrido, ¿cuál es el recuerdo que conserva de aquel hecho?

--Desde las 22.40 horas del 24 de enero de 1977, que fue cuando entraron los pistoleros, hasta que bajo a la calle herido ayudado por un policía y un barrendero todo lo recuerdo vivamente. Todo es un punto negro y rojo; negro porque allí mataron a íntimos amigos míos, y rojo porque el despacho está lleno de sangre. Todo transcurrió en menos de un cuarto de hora y todo fue una sucesión de situaciones trágicas, de situaciones límite.

--¿De qué manera le condicionó su vida este suceso?

--Muchísimo. Siempre tuve mala conciencia por no haber muerto aquella noche terrible. El atentado fue bestial. Hubo dos secuencias de disparos muy fuertes, tiro a tiro, y luego nos remataron en el suelo. El propósito de los pistoleros era no dejar a nadie con vida porque entraron a cara descubierta. Yo evite la muerte porque el cuerpo sin vida de Enrique Valdevira cayó encima del mío y tapó mis zonas vitales, pero me dispararon en las piernas cuatro veces. Antes, en la primera oleada de disparos me dieron un tiro en el esternón, pero tuve la suerte de que la bala dio en el bolígrafo que llevaba en la camisa, un Inoxcrom.

--¿Lo conserva aún?

--No. Se lo regalé a una mujer hace veintitantos años.

--Usted ha tenido que sentir el miedo en estado puro. ¿Se supera o no esa sensación?

--El miedo lo atrapa a uno, lo posee, lo domina, y eso me ha pasado a mi permanentemente, no solo inmediatamente después del atentado, sino muchísimo tiempo después.

--Incluso quisieron rematarle en el hospital estando convaleciente.

--Sí, en el hospital me enviaron un anónimo diciendo que iban a acabar conmigo. Nos estuvieron persiguiendo a los cuatro supervivientes para acabar con nosotros; no les interesaba dejarnos vivos porque éramos claves para señalar a los pistoleros en el juicio. Esa tensión que genera el miedo me obligó a abandonar Madrid en 1982. Sentía miedo cuando salía de noche y oía pasos detrás mía. Cuando entraba a un bar o a un restaurante tenía que comer de cara a la puerta de entrada, lo que me costó superar 25 años.

--¿Y mira todavía a su espalda?

--Sí, muchísimo.

--¿Le quita aún el sueño ese atentado?

--Los primeros meses sí. Estuve en tratamiento psiquiátrico porque tenía la sensación de perder mi identidad personal. Las primeras semanas soñaba con violencia, violencia, violencia; ni siquiera con la muerte.

--De las nueve personas que estabais en el despacho aquella noche, solo viven usted y Dolores González. ¿Mantiene contacto con ella?

--Sí. Luis Ramos y Miguel Sarabia murieron años después de cáncer, y junto a Lola, mantuvimos mucha relación durante años.

--Ha dicho en varias ocasiones que la muerte de sus compañeros fue una luz muy importante para el proceso de la Transición democrática. ¿De qué manera influyó este asunto para legalizar casi tres meses después al PCE?

--Ahora, 32 años después, es muy fácil decir que fue un elemento clave en la Transición, que a partir de ahí cambió el ritmo de evolución hacia la democracia competitiva y de elecciones libres, lo que sucedió seis meses después, en junio de 1977. Probablemente también aceleró la legalización del PCE, porque en ese momento parecía que el límite de la democracia competitiva en España se paraba en el PSOE. Todo lo demás que estaba a la izquierda no jugaba para los acuerdos que posibilitaron esa Transición. El entierro de mis compañeros, al que acudieron casi 100.000 personas, fue el ejemplo de que hay que transformar la violencia y el dolor en voluntad común para trabajar por la democracia para todos, también para esos asesinos.

--Sobre aquellos hechos escribió el libro La memoria incómoda. Los abogados de Atocha´.

--Tenía necesidad de hacerlo para echar fuera el dolor y el miedo que se condensó en mí después del atentado.

--Le tiemblan las manos. ¿Es una secuela del atentado?

--No, es una herencia de mi padre. Me tiembla el pulso.

--Ha comentado antes que en 1982 deja Madrid. De allí se instala en la sierra de Gredos y más tarde vive en Valladolid y Burgos hasta llegar a Córdoba. Con el peso de su historia, ¿es más fácil vivir en Córdoba que en Madrid, que es donde tiene sus recuerdos?

--Cada día me pesaba más Madrid. Es cierto que la sensación de prisa, de urgencia, de miedo que se vive en Madrid no la he vivido en otras ciudades.

--¿Por qué llega a Córdoba?

--Yo llevo a Córdoba en el corazón toda mi vida. Mi segundo apellido, el de mi abuelo y de mi madre, es Carbonell, de Córdoba. Mi hermana mayor nació en Córdoba y yo tendría que haber nacido también aquí. ¿Por qué llego a Córdoba? En el 2006, estando en la Universidad de Burgos, salió la convocatoria de año sabático para que todo docente universitario que quisiera hacer un trabajo de investigación disponía de ese tiempo para hacerlo, y pensé que esa era la llamada de Córdoba.

-- Y aquí investiga el voto comunista en Córdoba. ¿Por qué se le ocurrió?

--Porque he estado muchos años vinculado al PCE y a Izquierda Unida. El derecho electoral siempre me ha interesado mucho. Así, pensé que si me venía a Córdoba qué mejor que estudiar el comportamiento electoral, hacer un estudio técnico más que político, acerca de que los cordobeses mantengan todavía una alcaldía comunista en la capital.

--¿Y a qué conclusión llega?

--Todavía no he acabado el trabajo. Me faltan referencias de pueblos. El voto comunista en Córdoba tiene unas referencias históricas muy interesantes. En la capital, la clave está en las redes de colaboración de los cristianos, en el Círculo Juan XXIII. El origen de esas redes crea una dinámica de búsqueda del voto muy fuerte y muy bien organizada, y eso hace posible que, con un liderazgo muy especial, como en su momento lo tuvo Julio Anguita, surja un voto muy significativo, sobre todo en 1983.

--El director del IESA, Manuel Perez Yruela, califica este hecho de "anomalía histórica". --Es curioso. Probablemente la anomalía socialista fue presentar en 1979 como candidato a la Alcaldía de Córdoba a Antonio Zurita en lugar de a Joaquín Martínez Björkman, que tenía una conexión muy importante con el movimiento ciudadano, social y cultural de la ciudad.

--¿Hay IU para rato en Córdoba?

--No lo tengo claro. Desde el punto de vista de la evolución del voto, parece que cada mandato lo tiene más difícil.