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Puñaladas en Washington

El secretario de Estado se aleja de un presidente que torpedea su trabajo y le recorta los fondos. El último y sonado rifirrafe público entre Trump y Tillerson destapa el gran deterioro de la relación

 

Tillerson y Trump, tras una reunión en el Trump National Golf Club en Nueva Jersey, el pasado agosto. - AP / PABLO MARTINEZ MONSIVAIS

IDOYA NOAIN
12/10/2017

El último enfrentamiento entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su secretario de Estado, Rex Tillerson, es otro capítulo más digno de un reality show que de la política del Ejecutivo de la primera potencia del mundo. Un jefe de la diplomacia que llama a su jefe «imbécil» o quizá incluso «puto imbécil», aunque luego se haya intentado desmentir que pronunciara esas palabras. Un mandatario que reacciona proponiendo un duelo de pruebas sobre el cociente intelectual, aunque luego la secretaria de prensa de la Casa Blanca matizara que el presidente hablaba «en broma».

Tras el lamentable espectáculo –y pese a las reafirmaciones de ambas partes de que la relación política funciona y de que el presidente mantiene su absoluta confianza en Tillerson– late, no obstante, una grave situación en la Administración estadounidense. Hay serias divergencias políticas y estratégicas (por no hablar de formales) entre el presidente y el hombre al que ha puesto al frente de su política exterior. La comunidad internacional, los interlocutores y los aliados de EEUU contienen la respiración ante las explosiones de impredecibles consecuencias del volátil Trump, pero también se muestran descolocados por el menguante peso de un Departamento de Estado diezmado desde que llegó Tillerson.

GESTIÓN CUESTIONADA / Parte de ese menguante peso tiene que ver con la propia gestión de Tillerson, consejero delegado de la petrolera Exxon Mobil hasta que decidió aceptar un puesto que ha reconocido que no quería en la Administración («Mi esposa me dijo que debería hacerlo», dijo en una ocasión). Llegó a Foggy Bottom con una propuesta para recortar casi un tercio del presupuesto, eliminar cerca de 2.000 puestos diplomáticos y recortar más de 6.000 millones de dólares de ayuda internacional humanitaria y para el desarrollo. El tijeretazo es tan profundo que no solo ha desmoralizado a un Departamento sacudido por vacantes y fugas, sino que ha hecho saltar las alarmas entre los republicanos que controlan el Congreso.

Pero Tillerson se enfrenta a algo más que sus propios problemas. Trump torpedea constantemente su trabajo. Hace poco, cuando el secretario de Estado volvió de un viaje a China y reconoció que Washington mantiene vías de comunicación directa con Corea del Norte para intentar relajar las crecientes tensiones nucleares, Trump se rió públicamente de él y le instó a abandonar sus esfuerzos diplomáticos.

Trump ha asignado también importantes temas de política internacional a su yerno y asesor, Jared Kushner, y bajo su mandato ha sido Nikki Haley, la embajadora ante Naciones Unidas, quien ha llevado la batuta en asuntos en que Tillerson debería haber estado al frente, incluyendo negociaciones con Pekín para presionar a Pionyang.

El presidente, además, ha dejado clara su apuesta por la vía militar y el lenguaje belicista. Como muestra, su propuesta de incrementar en 50.000 millones de dólares las ya ampliamente nutridas arcas del Pentágono, una cantidad casi equivalente a todo el presupuesto del Departamento de Estado, de cuyos 55.000 millones de dotación se plantea eliminar un 30%.

Lo único que mantiene cierta sensación de calma en Washington es la buena relación que hay entre Tillerson, un antiguo eagle de los Boy Scouts, con los militares con peso en la Administración, como el secretario de Defensa, James Mattis, y el jefe de Gabinete de Trump, John Kelly. Ese trío, al que habría que sumar al asesor de seguridad nacional H. R. McMaster, representa «quienes separan al país del caos», en palabras del senador republicano Bob Corker, que preside el comité de Relaciones Exteriores y ha sido una de las últimas víctimas de los insultos de Trump.

Ante esos asaltos, Corker no ha callado. Ha definido la Casa Blanca de Trump como «una guardería para adultos», casi ha llamado mentiroso al presidente y le ha acusado de estar acercándose a «la tercera guerra mundial». Tillerson, en cambio, pese a los desprecios de Trump, mantiene las formas (su supuesta descripción de Trump como «puto imbécil», que se habría producido en julio, se ha conocido por una filtración a la prensa). En Washington, no obstante, pocos creen que vaya a durar en el cargo.