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poesía

La voz ausente

Santano publica sus nuevos versos marcados por una reflexión profunda

 

José Antonio Santano. - CÓRDOBA

Manuel Gahete Manuel Gahete
10/02/2018

La voz ausente es un texto elegíaco que pasa a integrar el magnífico elenco de obras que nos ha legado la literatura española. Alfonso Berlanga nos recuerda que el libro se inscribe en la mejor tradición de la literatura mortuoria española, desde Jorge Manrique y el ramillete epicolírico de las Coplas a la muerte de su padre, la Elegía a Ramón Sijé de Hernández o el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca, hasta los ecos de Unamuno, Juan Ramón, Antonio Machado, Alberti, Prados o Leopoldo de Luis. Pero la obra de Santano es mucho más que una mera elegía, supone una reflexión íntima y profunda, que marca, con sincero cuño, la confrontación entre lo antiguo y lo moderno, la lucha de generaciones, un tema intemporal que sigue acuciándonos con singular virulencia. José Antonio convierte el tópico clásico en un argumento proactivo que inocula a la temática del siglo XXI este elemento básico en la conformación de la personalidad, trasladando la sensibilidad subjetiva a una visión palpitante en la que todos nos identificamos con más o menos intensidad. Como afirma José Luis Morante, «la poesía de José Antonio (...) está hecha con el lenguaje sobrio de la madurez». Santano combina las formas estrictamente versales con la prosa poética que, desde Rubén Darío, pasando por Juan Ramón, Aleixandre o Cernuda, han seguido un gran número de poetas contemporáneos. Morante explica este ascenso por la capacidad discursiva de la prosa que la emparenta con el ensayo permitiendo una mayor carga conceptual «en detrimento del sustrato emocional de las palabras».

El género epistolar, muy empleado en la prosa, adquiere singular protagonismo, imbricando lo público con lo privado. La carta constituye un proceso de revisión biográfica pero finalmente resulta una herramienta privilegiada de expansión sociocultural, convirtiendo la experiencia personal en comunicación participada. La epístola deviene de una larga y sólida tradición en la cultura occidental: desde su origen en la antigüedad clásica griega y, fundamentalmente, romana con Cicerón, a la preceptiva epistolar medieval y la evolución del género con Erasmo de Rotterdam en los inicios del humanismo, movimiento del que bebe el de humanismo solidario, componente básico de la poesía de José Antonio, unido al otoño y el silencio, temas sobre los que se entiba, junto al amoroso, la creación poética del poeta cordobés. Desde la perspectiva del análisis del discurso, el género epistolar nos permite leer y reconstruir parcelas del pasado, más allá de la letra impresa, para descubrir un sistema ideológico que se manifiesta en el diálogo de ausencia pero vivamente fértil por su capacidad de revisarse y complejo en cuanto a su virtualidad de pensamiento. Santano vierte emociones reprimidas durante años para satisfacer el ansia rota de amar a un padre con el que cuesta respirar. No hay reglas fijas y, a veces, ni siquiera se ejercitan sobre situaciones reales, pero prima el silencio, o tal vez el orgullo y el temor de abrir nuevos abismos en un desolado yermo que no somos capaces de franquear.

No hay más que evocar ese breve y sentencioso poema que podría haber rubricado como un epígrafe el sello cerrado de un libro que golpea, de una verdad que hiere, de una emoción que traspasa el lenguaje para convertirse en piedra, en decálogo, en legado vívido de una realidad que nos conculca pero a la vez nos salva, de un extraño sortilegio que nos convierte en verdugos y en víctimas, de una vida que subvertimos porque somos incapaces de entender y perdonar, o llegamos a esta capitulación gozosa cuando ya es demasiado tarde para cambiarlo todo: «¡Éramos tan iguales y distintos/a la vez! Nunca el tacto de tus dedos/en los míos, tu voz de seda en mis tímpanos (...) Confieso que te amé con amargura,/con miedo en la mirada y en los labios/con el dolor creciente de la ausencia (...) Confieso que te odié luego de amarte». Y en la garganta cruje un grumo de angustia que ya no sabemos cómo desgranar, porque siempre es confuso y arriesgado enfrentarse al miedo de lo que pudo ser sin haber sido: «¡Sabes, Padre, podríamos haber/sido endiabladamente tan felices!». No sé si la poesía servirá para algo, como advertía Jean Cocteau, pero sin duda este libro nos enseñará a conocernos y reconocernos en la desnudez oscura de nuestra desolada humanidad.