La primera vez que intenté subir Sierra Nevada fue tras dejar al amor de mi vida, cuando creía que el amor podía durar toda la vida. El otoño es horrible para romper una relación. Javi y Jesús me acompañan en el duelo. En Granada nos avisan de que en noviembre es imposible llegar al Veleta en bici. Lo obviamos. Comenzamos la ascensión por el coqueto puerto del Duque, entre las hojas marchitas que tanto te gustaba pisar. A diez kilómetros de la cima tenemos que darnos la vuelta, cubiertos de nieve. En el descenso nos caemos los tres. Jesús, con hipotermia, grita en la ducha; Javi se detiene en la chimenea de un bar. Yo no siento nada.

Un hombre camina por Sierra Nevada (abajo  a la derecha) al pasar La Hoya de la Mora.

Un hombre camina por Sierra Nevada (abajo a la derecha) al pasar La Hoya de la Mora.

Lo intento años después. Al principio sigo fallando, por falta de abrigo, por el tiempo, pero acabo llegando, pedaleando con placer por la carretera más alta de Europa, el aire frío, la falta de oxígeno, el viento furioso, no hay coches, solo yo y la montaña, la carretera se raja, desaparece. Quiero revivirlo.

Vista del pico del Veleta, por la carretera más alta de Europa.

Vista del pico del Veleta, por la carretera más alta de Europa.

Vuelvo cada verano. Y mi mente empieza a preguntar. ¿Por qué no duermes arriba? ¿Cómo será el amanecer allí? ¿Y el picnic nocturno tras 40 kilómetros de ascensión? ¿Podrás echarte agua sin la camiseta? Y a insultar: Cobarde, ¿por qué no das un paso más? ¿Por qué esa obsesión con el Veleta? ¿Acaso no ves el Mulhacén? ¿Por qué subes tan ligero?

Montañas en plena subida a Sierra Nevada, en octubre, aún sin nieve.

Octubre, plena pandemia, cojo las alforjas. Tienes razón, sin peso era muy fácil. No era yo. Reconoces todo, pero todo sabe diferente. Cae la tarde y sigues subiendo, el resto de ciclistas baja, y más subida, ya estás por encima de los 2.500 metros, todo es igual, las curvas y el viento, el pico del Veleta, pero sabes que no, que nada es igual, que no habrá descenso, que se te nubla el estómago, que nunca has visto el Mulhacén, que no sabes cómo aplacar este frenesí que te invade. Aún luce tibio el sol cuando alcanzas el refugio de la Carihuela, a 3.205 metros de altura. Una pareja de senderistas te dice que es el lugar más frío para dormir, por eso no hay nadie. Dudas, pero por suerte te estás quieto, y te dejas impactar por las sombras que las montañas proyectan en el valle, por la acumulación de estrellas, por lo ridícula que se ve Granada, por un silencio aplastante. Sales del refugio de madrugada para dejarte abrazar por todo lo que te rodea. Duermes poco, pero no estás cansado.

Refugio-vivac de La Carihuela, a 3205 metros de altura.

Amanece. Ahora es tu sombra alargada la que trepa por la ladera, y la bici por una pista pedregosa. Los nervios por pinchar son menos que la emoción por el trayecto. La sueltas a los pies del Mulhacén. Haces el último kilómetro y medio andando por una pared que te deja en tu máxima cumbre. Nunca más dirás que no sientes nada.

Panorámica del Mulhacén y la cara sur de Sierra Nevada.

Panorámica del Mulhacén y la cara sur de Sierra Nevada.

Desayuno en el refugio de La Carihuela, el 4 de octubre del 2020.

Una de las lagunas que se ven desde la ascensión al Mulhacén.

Una de las lagunas que se ven desde la ascensión al Mulhacén.

Una de las lagunas que se ven desde la ascensión al Mulhacén.

Una de las lagunas que se ven desde la ascensión al Mulhacén.