Opinión | TORMENTA DE VERANO

Comprometidos con la Constitución

Defender la Constitución, lo que dice y representa es defender el progreso y la convivencia

En todos estos días inmediatos a la celebración del 45º aniversario de la Constitución Española, se suceden múltiples actos, presentaciones, coloquios y ponencias organizados por fundaciones, Real Academia, Universidad o medios de comunicación en torno a la vigencia y los retos de nuestra Carta Magna, que nació como un símbolo de igualdad y libertad, colocando los cimientos para construir la España que somos hoy: un país moderno, diverso y plural. Un texto que apostó por un Estado democrático, social y de derecho, cambiando nuestro modelo de Estado a una monarquía parlamentaria, propugnando como valores fundamentales la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político y abriendo el camino a una descentralización administrativa de la mano de las comunidades autonómicas. Marco jurídico que, a diferencia de la Constitución republicana, fue aprobado en referéndum por el 88% de los votantes del país.

Muchos méritos reúne esta Constitución que ha servido para el mayor desarrollo social y económico en la historia de nuestro país, que yo resumiría en lo que la Constitución dice y lo que representa. Entre lo primero recoge, nada menos, que las reglas de juego de los poderes públicos, la igualdad de todos los españoles, que son los únicos titulares de la soberanía nacional. Desglosa el elenco de derechos fundamentales civiles, sociales y políticos, consagra el derecho a una justicia independiente, la división e independencia de los tres poderes del Estado, su aconfesionalidad, la alternancia política y el imperio de la ley. Nada ni nadie puede estar por encima de la Constitución, que tiene que ser respetada por las minorías y por las mayorías, que si no están de acuerdo con su dictado, pueden proceder a su reforma como ya ocurrió y aquélla prevé con sus mecanismos adecuados. Es la norma fundante del ordenamiento jurídico, como diría Kelsen, de la que emanan todas las demás.

Y representa lo que se ha renombrado como el «espíritu de la transición». Un espíritu de concordia donde opciones políticas dispares, muy contrarias y secularmente enfrentadas, tras una larga dictadura, se sentaron en la misma mesa para debatir y redactar una herramienta que a todas las sensibilidades y opciones diera una respuesta para una convivencia que llega a nuestros días, pese a todas las tensiones y sombras vividas en el camino. Todo lo contrario a la polaridad sectaria que siembran los populismos y los nacionalismos egocéntricos.

Por todo ello es tan importante esta Constitución que, sin duda, se puede mejorar cambiando, por ejemplo, el artículo 49 sobre personas con capacidades diversas o el artículo 57 de la sucesión a la Corona, o transformando el Senado en una verdadera cámara de representación territorial. Pero todo ello desde el consenso en que la misma se fraguó, no desde imposiciones partidistas ajenas a su esencia. El reconocimiento a esa importancia es lo que llevó hace unas semanas a que muchísimas instancias y entidades públicas y privadas alzaran su voz contra una amnistía manifiestamente inconstitucional, como el propio Gobierno la calificaba hasta hace unos meses, o para pedir el respeto a la labor e independencia judicial cuando la misma se siente comprometida. Claro que hay amenazas evidentes, como su desconocimiento para la mitad de la población que la lleva a ignorar su valía; la pretensión de las oligarquías partitocráticas que tratan de imponer sus criterios frente a los propios representados, arrinconando su voz en referéndums que no existen o en iniciativas legislativas populares que se ignoran. O la intención de quienes intentan colonizar y comprar a los árbitros para ganar el partido, como algunos tienen acreditada experiencia. Defender la Constitución, lo que dice y representa, es defender el progreso y la convivencia, es apostar por nuestra dignidad de ciudadanos libres e iguales.

** Abogado y mediador