Opinión | memoria del futuro

Cataluña 1640-1652: perdón, templanza y moderación

Estamos obligados a entendernos, la historia ya nos lo ha dicho: convivencia y negociación, y no imposición y violencia

La historia no se repite, o al menos no exactamente, aunque ‘nihil novum sub sole’ es la metáfora que ofrece melodías y movimientos que pueden reinterpretarse y suenan, a veces, de modo parecido. Ejerceré mi oficio hoy echando una rápida vista a una partitura de la historia.

La sublevación de Cataluña de 1640 capitaneada por Pau Claris, en lo que se conoce como el «Corpus de Sangre», supuso en la práctica la declaración de la república de Cataluña durante una semana, justo el tiempo que tardó aquél en ponerla bajo la protección del rey francés Luis XIII, sometiéndola a su control hasta 1652. No se trató de un proceso identitario o de afirmación nacional, sino de una revuelta ocasionada por las malas condiciones de vida en la que se encontraba un importante sector de la sociedad catalana, que veía en el acantonamiento de los tercios en sus tierras un elemento más de abuso de sus escasos medios de subsistencia. La historiografía catalana durante el XIX creó el mito historiográfico de un «alzamiento nacional catalán» contra la política unionista emprendida por el Conde Duque de Olivares. Elliot y Vicens Vives pusieron las cosas en su sitio. Calificaron la rebelión como un movimiento social en el que se unió la pobreza de unos, los payeses, y la defensa de los privilegios tributarios de otros, las élites catalanas.

El caso es que Cataluña se convirtió en un terreno en el que se libró la guerra entre Francia y España y pasó a sufrir todo aquello que inicialmente quería evitar: tributó al rey francés para el mantenimiento de sus tropas contra España y cedió el control del Principado a un virrey nombrado por el monarca francés. De modo que su situación fue mucho peor de la que se encontraba con anterioridad a la revuelta de «els segadors». El devenir de los hechos provocaría un empeoramiento de la situación social entre los catalanes y el anhelo de volver al reinado de Felipe IV. En 1642 Francia ocupó Monzón, Lérida y el Rosellón. Pero un año después, el rey español recuperaría Monzón y en 1644 haría lo propio con Lérida, donde, a pesar de todo lo ocurrido, juró obediencia a las leyes catalanas y al principio del «pactismo político» vigente en Cataluña. Pocos años después Francia perdería interés por Cataluña. En 1652 serían derrotadas las tropas franco-catalanas y terminarían por reconocer como rey a Felipe IV. Como resultado de todo ello, Cataluña perdería definitivamente el Rosellón, y la frontera entre España y Francia quedaría fijada por los Pirineos.

La gravedad de los hechos, sucintamente descritos, nos pone ante una situación particularmente compleja en la que no se atisba una política represiva por parte de la Corona, sino más bien todo lo contrario. La renovación del juramento real a cumplir con los principios del Derecho catalán es muestra de esa mesura política, pero hay también algunos hechos documentados que son particularmente interesantes. Xavier Gil apuntó que lejos de desatarse una furibunda reacción real, «destaca la templanza y moderación» por la que optó Felipe IV en 1652, «con vistas a propiciar un futuro de mayor sosiego, quietud y conservación». En el Archivo de la Corona de Aragón se encuentra un documento en el que los diputados de Cataluña «agradecen al Monarca por haber confirmado los privilegios de la Diputación y del Principado en General».

Jon Arrieta estudió la documentación conservada sobre la Junta para las materias políticas e inteligencias de Cataluña, en la que se prueban varias cuestiones importantes. La primera, que los exiliados de Cataluña -contrarios a la rebelión- refugiados en territorio de la Corona española durante la guerra con Francia abogaron por medidas de temple y moderación, así como por el ofrecimiento de propuestas que permitiesen la vuelta de los catalanes a la Monarquía Hispánica, anteponiendo esa política a la represiva, que solo conduciría a un agravamiento y prolongación de la separación. Se trató de poner en marcha una estrategia de conciliación y apaciguamiento en la que debería intervenir la Junta de Inteligencias.

En plena guerra, desde 1641, pero sobre todo en 1642, ya el monarca se muestra partidario a conceder un perdón real, sin olvidar la actuación militar contra Francia. Con relación a los catalanes, salvo algunos que abogaron por ser duros con los sublevados, la mayoría valoraron negativamente la adopción de medidas represivas excesivamente severas. Defendieron la idea de convencer antes que vencer. Gaspar Berat, cuyo tío, oidor de la Audiencia de Barcelona, había sido asesinado el día del Corpus, afirma que «considerando la naturaleza de los catalanes, que tratados con rigor se dexaran antes morir que reducirse... es precisamente necesario conquistar los corazones de los catalanes con amor y temor juntamente». Rubí de Marimón manifiesta que «la batería que ha de allanar la rebeldía de Barcelona ha de ser la clemencia». Un grupo importante de miembros de la Junta consideró necesario establecer todo tipo de contactos, tratos y comunicaciones «preferentemente evitando que tengan carácter público».

Para concluir, la Junta de Inteligencias elevará una propuesta que será luego la base de la amnistía de 1652 y que concretará la conveniencia de aumentar la fuerza armada, pero acompañada de la «publicación de perdones y gracias y seguridades en los que se reduzca la obediencia a S.M.» y otorgar amnistía general, dada a conocer con todos los medios de publicidad necesarios, con el fin de vencer la desconfianza, para crear un clima ideológico más favorable a inclinar los ánimos hacia Felipe IV, volviéndolos contra los franceses.

En 1649 se avanzará más aún y, según Decreto de 23 de octubre de ese año, el rey manifiesta que «no quede por mi parte acción... de clemencia... Ordeno al Cons. de Aragón que luego se forme un perdón General y particular a todos los del dicho Principado de Cataluña... en el que … se pondrá silencio a lo pasado y se les observarán todos los Privilegios, Usajes, Leyes y fueros del dicho Principado...”.

Con todos estos antecedentes, una vez acabada la guerra, Felipe IV nombrará virrey de Cataluña a su hijo Juan José de Austria y lo autorizará el 5 de mayo de 1652 para que conceda un perdón general con olvido de los delitos cometidos contra la Corona de acuerdo con lo ya manifestado en 1649, confirmando la vigencia de los fueros de Barcelona y del Principado, garantizando que en el futuro las tropas se alojarían en Cataluña de acuerdo con las constituciones del Principado y eliminando el cobro del tributo de quintos para financiarlas.

Esta es la partitura que nos ofrece la historia, la música suena según cada cual desee interpretarla, pero los documentos que recogen esta sintonía se encuentran perfectamente conservados en los archivos. Todo lo demás es buscar el enfrentamiento. Aceptar esa complejidad implica que ni el modelo nacionalista español puede negar esa realidad, ni el modelo identitario catalán puede argüir una independencia imposible en ese marco de convivencia difícil. Obligados a entendernos, la historia ya nos lo ha dicho: convivencia y negociación y no imposición y violencia. Lo vio Felipe IV, rey del antiguo régimen, cómo no ha de verse hoy en la España de Felipe VI.

* Catedrático. Universidad de Córdoba