Opinión | entre visillos

El arte, la vida y sus ciclos

La pintora Rita Rutkowski expone su obra reciente en la Sala Mateo Inurria

Brotar, florecer, decaer’. Así titula Rita Rutkowski un tríptico que es poesía floral en expresionismo abstracto, metáfora pura de la existencia. La vida y el arte, que se imitan mutuamente, se desarrollan por fases, con sus respectivos ritmos y circunstancias, siempre cambiantes, siempre los mismos. Y así lo refleja en poemas plásticos tan hermosos como cargados de tensión intelectual esta nonagenaria que no cree en los finales definitivos sino en que todo acaba para volver a empezar. ‘Ciclos’, que podrá visitarse hasta el 22 de diciembre en la Escuela de Arte Mateo Inurria, es la nueva exposición de la pintora que renunció a los rascacielos y las vanguardias del efervescente Nueva York de los años cincuenta para instalarse frente a otra línea del cielo bien distinta, la que define el perfil de la Mezquita entre las bandadas de pájaros que cruzan el horizonte en los Sotos de la Albolafia. Ante semejante paisaje, que es el que Rita Rutkowski ve desde su casa, fue enamorándose cada día un poco más de Córdoba. Aunque más de sesenta años después de su llegada arrastra el pesar de que ni acaba de comprender a esta ciudad y sus gentes ni la comprenden a ella, perteneciente a dos mundos y en realidad a ninguno más que al suyo propio. Sin concesiones ni autoengaños, alma sensible en busca de la esencia, que mucho antes de llegar al lienzo fue idea y discurso.

Para esta mujer tenaz, coherente y curiosa la obra es lenguaje, el que explica la mentalidad del observador, que es el artista, y pretende establecer diálogo con el público. Por estos vericuetos, y otros aún más filosóficos, le gusta pasear a Rita en cuanto le preguntas a dónde ha querido ir con sus pinceles. Lo expone con naturalidad y soltura en un perfecto español que, en este recodo del largo camino, vuelve a tener el fuerte acento de aquella urbe cosmopolita que dejó, llena de laberintos, torres vigías y guiños culturales. Una y otra vez, abandonado ya el lado oscuro del ‘crash’ y del acero que marcó años más jóvenes, Rutkowski se diluye en suaves abstracciones que pueden alcanzar la calidez de una puesta de sol sobre el Guadalquivir, aunque en realidad haya pensado en su ciudad dorada. Ésa que se intuye en cuadros de formato grande y en los pequeños, que son los expuestos estos días en la escuela de arte. Piezas inéditas recientes en su mayoría, porque Rita ha pintado hasta ayer mismo, cuando los escalones de su estudio se le hicieron demasiado cuesta arriba. En ‘Ciclos’, tercera muestra que el centro le dedica como recordó su director, Miguel Clementson, la artista condensa la quintaesencia de lo pequeño, germen de mensajes y sentimientos como el amor a la naturaleza y el llanto por su destrozo o una humanidad a la deriva. Y lo hace con el pulso lírico de las pequeñas cosas; el mismo que demostró hace un año con su anterior exposición. Fue en Espacio Plástico y la llamó ‘Haikus para Hisae’, en memoria de la ceramista japonesa, fallecida en 2019.

Con Hisae Yanase, flor de otro mundo como ella misma, Rita Rutkowski trabó una hermandad imperecedera, dos lados de un triángulo de amistad y creación completado por la poeta Juana Castro, todavía tan llena de vida y proyectos que acaba de presentar ‘El brocal del tiempo’, antología de medio siglo recitado en el mejor verso. Pero además a Juana le ha dado tiempo de escribir un precioso texto para el catálogo (virtual) de la exposición, que leyó en el acto inaugural. Un homenaje desde el corazón a una “clásica contemporánea” que ayudó a crear una Córdoba menos provinciana, dice la escritora, ya fuera con su propia obra, como dinamizadora cultural o desde una ética social insobornable. Una “pasión de mirar” que ha impregnado todos los ciclos vitales de Rita Rutkowski.