Opinión | entre líneas

Para qué sirve la cultura

Mientras más culto es uno, en más sitios y de más cosas disfrutará, vivirá mucho más intensamente

El pasado lunes comenzó oficialmente en Córdoba el programa de Flora 2023, gran fiesta del arte (de todo tipo de arte), la belleza y la cultura; religión aparte, aunque el ciclo comenzara el mismo día en el que se celebró la festividad de Santa Margarita, que también es casualidad.

En todo caso, son buenas fechas las del festival de arte floral contemporáneo para preguntarse de nuevo qué es la cultura y, de rebote, cómo se distingue la obra de arte de un cuento chino. Porque no me negarán que en la industria de la cultura hay una mayoría de gloriosos y magníficos obreros que rebosan talento, aunque en muchas ocasiones no saben ‘vender’ su trabajo; mientras que también hay una minoría de genios comerciales que no saben hacer la o con un canuto, pero que le sacan una pasta a un pequeño redondel incompleto.

Pues verán. Un servidor se queda con una definición que oyó hace tiempo por un profesor de matemáticas, Francisco Moreno, en la escuela: «La cultura sirve... para divertirse». Impecable verdad. Mientras más culto es uno, en más sitios y de más cosas disfrutará: vibrará con todo tipo de música, se emocionará con cuadros de antes y de ahora, disfrutará de piezas escultóricas clásicas y modernas, le llegará al alma tanto los grandes libros como le divertirá la lectura más ligera, sabrá apreciar desde el plato más tradicional al más vanguardista.... vivirá, en fin, mucho más intensamente. Una persona culta se divierte más que nadie.

Los incultos, en cambio, y me incluyo, tenemos que conformarnos con bastante menos, aunque siempre habrá algún patán que nos dejará en buen lugar, aquel desdichado que solo puede disfrutar de una conversación zafia o, en el extremo contrario, ese otro pretencioso que dice solo poder apreciar obras de élite. En ambos casos son unos pobrecillos a los que hay que tener lástima, porque no saben lo que se pierden de la vida por su incultura.

Y en medio hay todo un amplio abanico de personas que disfrutan de lo que pueden y saben. Como me comentaba recientemente un amigo, que cuando viaja no quiere saber nada de monumentos y museos, pero que al instante pregunta por los mejores restaurantes y tabernas del lugar. Lo que bien mirado tampoco es mala cultura, aunque se pierda otras muchas cosas de la vida.

Porque ser culto no depende de la formación recibida, sino del espíritu. De hecho, es esa parte íntima del alma, y no la palabrería, la que nos hace distinguir lo que es arte de lo que no. He oído en Flora en estas cinco ediciones pasadas a algunas señoras, que segurísimo que no han estudiado Historia del Arte, pero de las que intuyo que saben apreciar la magia de una simple maceta de gitanillas. Con tres palabras sin artificios podrían explicar el alma y lo que quería transmitir el artista de una enrevesada instalación y, con otras tres, hacer la crítica más demoledora a una pretenciosa composición floral vanguardista. «Yo no entiendo», decían modestamente al empezar a hablar, pero se les notaba cómo disfrutaban intensamente de lo que estaban viendo y sus opiniones no tenían desperdicio. Y eso es lo que se llama tener cultura.