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Lo grande y lo pequeño

El ataque de Hamás de hace dos sábados fue una ignominia que muchos israelíes asemejaron con el 11-S

Para acercarse al conflicto palestino-israelí, quizá convendría realizar cierta pedagogía geográfica: la extensión de Israel es apenas mayor que las provincias de Córdoba y Málaga juntas -si cambiamos Cádiz por Málaga casi lo cuadramos-. La franja de Gaza tiene 360 km², es decir, tres veces y media inferior al término municipal de Córdoba capital. Su longitud costera presenta una longitud de cuarenta kilómetros. Para buscar un símil con el camino de Santiago, observemos que si superpusiéramos en uno de los extremos la etapa más larga del camino francés -Palas de Rei-Arzúa- longitudinalmente, habríamos recorrido el setenta por ciento de su territorio. Mucha más estrecha es su anchura, que en el mejor de los casos no sería superior a la distancia existente entre las Tendillas y Los Villares.

Todos estos datos nos aproximan a la interacción entre lo grande y lo pequeño. Ahora que vivimos un afloramiento de la ufología, si inteligencias extraterrestres visionasen este conflicto acentuarían su perplejidad cuestionándose cómo un espacio tan reducido ha incidido tanto sobre toda la vastedad del planeta. Siglos marcados por el derramamiento de sangre; la religión como argumentario para soterrar intereses mundanos. Surge la profana querencia del espacio vital. Si «que corra el aire» es una vindicación de la individualidad, intenten imaginarse el abigarramiento de la franja gazatí (más de cinco mil habitantes por kilómetros cuadrado, una de las más altas del mundo). Desde el triunfo de Hamás en el 2007, un grupo no desdeñable de los palestinos de Gaza no ha salido de la franja. Allí no hay más recursos que los subsidios de la comunidad internacional. Pero precisamente esta ayuda convierte la cuestión palestina en una granja ponedora de los remordimientos de la humanidad.

El ataque de Hamás de hace dos sábados fue una ignominia que muchos israelíes asemejaron con el 11-S o con Pearl Harbor. Desde las cancillerías occidentales surgieron las condolencias y la solidaridad con el pueblo israelí, así como la legitimidad de un Estado para defenderse. Paradójicamente, la democracia más asentada de Oriente Próximo nunca ha renunciado a la Ley del Talión para marcar su supervivencia. Y ha hecho ostentación de su arrogancia en la pequeñez de aquellas antiguas provincias romanas. Los asentamientos de colonos son el enésimo quebrantamiento de las lindes del 48, cuando los sueños palestinos comenzaron a disolverse, en buena parte por convertirse en el ariete experimental del mundo árabe contra el sionismo.

Antiguamente, el maniqueísmo era más simple, o así nos lo hicieron llegar. Hoy todo se complica hasta la extenuación, para acogotar cualquier vía de entendimiento. Las hondas de David no se las pueden apropiar los carros blindados de Netanyahu, que, como gobernante, es lo más parecido a un Maquiavelo con kipá. En su estrategia política se ha postulado más como problema que como solución para la cuestión palestina. El brindis de los extremos que incitan a la polarización. Los ultraortodoxos judíos marcando el ritmo del enfrentamiento y Hamás despreocupándose por la desproporcionalidad de las víctimas, sabedores de que siempre serán significativamente superiores en el lado palestino. El orbe, jugando al Stratego en Tierra Santa, con las pataditas entre Irán y Arabia Saudí asordinadas en Gaza; con China y Rusia reposicionándose para erosionar por otro flanco a Occidente, mientras en EEUU el poderoso lobby judío entiba las salidas del tiesto de Biden. Aquí también nos pirran los contrastes. Por una vez, la izquierda más allá del PSOE y la Falange muestran sin fisuras su apoyo a Palestina, para concitar una curiosa conciliación en torno a las conspiraciones judeomasónicas. Menos taliones, menos tacticismos y menos martirologios en esta comprensión de lo grande desde lo pequeño. Si no, vamos irremediablemente encaminados hacia el desastre.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor