Opinión | COSAS

Años luz

El espacio lo abarca todo. Incluso, y de manera sorprendente, los últimos reservorios del consenso

Quizá el bolero no tenga razón, y la distancia no sea el olvido, sino la trascendencia. Nuestras pequeñas miserias se miden en el cuerpo a cuerpo de lo cercano. Y aquello que en nuestro entorno (familiar o vecinal) se nos antoja el más capital de los acontecimientos, a tan solo unos kilómetros pierde relevancia como un globo de feria. Por eso, el autorreconocimiento del hombre como especie está indisolublemente asociado al avistamiento de las estrellas, rebotando de manera catártica nuestra pequeñez en la inmensidad del firmamento.

El espacio lo abarca todo. Incluso, y de manera sorprendente, los últimos reservorios del consenso. Este fin de semana desfiló por las calles cordobesas la Legión 501, otra revuelta en el propósito de materializar el lado oscuro de la fuerza. George Lucas luce la barba de los antiguos profetas, merecido atributo de los visionarios. Desde sus inicios, el cine se ofreció como digno escenario de sublimación del maniqueísmo. Y qué mejor entorno que una galaxia muy lejana para fantasear con la redención del mal. Para investirnos de malotes, que son los que más ligan en la verbena, y trucarnos de ángel caído embozado en un acharolado casco de samurái. Había jedis y otros personajes galácticos merecedores de sentarse a la diestra del Padre, pero Darth Vader era el puto amo; el califa de las fiestas de Moros y Cristianos o el legado de una Legión Romana; y no hay mayor sincretismo que una banda de tambores y cornetas cambiando la partitura de «Los campanilleros» por la más celebre de las sinfonías de John Williams.

Bellido se confiesa friki de Star Wars, porque el honor es patrimonio del alma, pero soñar con pilotar el Halcón Milenario no tiene filiación política. Claro que hablamos de galaxias muy lejanas, la distancia como medida de la relativización. El lunar que se convierte en verruga, o el asteroide que cuando más grande y cercano se convierte en un potencial riesgo de extinción masiva. Los logros de lo lejano: las sondas ‘Voyager’ ya hace tiempo que entraron en la heliopausa. La ‘Voyager 1’ despegó el mismo año en el que por primera vez contemplamos los sables láser en pantalla. Ahora estas sondas se dirigen hacia esos mundos ignotos para los que, según el universo de Yolanda Díaz, los potentados están construyendo sus nuevas arcas espaciales. Lo exclusivo pronto no será un búnker ni un bolso de Louis Vuitton, sino un pase interestelar para resetear en otros sistemas solares la supervivencia de la especie humana. Claro que los ricos se sentirán como el Plácido de Berlanga y necesitarán algún pobre para testimoniar la caridad en esta nueva singladura del homo sapiens. Quizá repartan algunos boletos entre los sin techo y negociarán la cuota de asientos para esta izquierda ‘cool’ y modernísima como Barbarella. Cuando la Tierra se destruya y el común de los mortales se despida emulando a Obi-Wan Kenobi, se necesitará gente versada en negociar amnistías y autodeterminaciones en aquellos planetas raros.

Mientras tanto, démonos un pequeño atracón de orgullo patrio. El ‘Miura’ se ha puesto en órbita, y España se ha sumado a la decena de selectos países que ‘motu propio’ han testado una carrera espacial. Ya no es solo bonito asociar La Habana y Cádiz, sino las dunas de Huelva con cabo Cañaveral. Todo más chiquitito: los caimanes agazapados de la Florida frente a los camaleones de Punta Umbría, pero quién iba a decirle al astronauta Tony Leblanc que nuestros cohetes transformarían los chupinazos en satélites. Seguimos confiando en las estrellas. Como diría Leire Pajín, qué mejor manera de invocar unos hados propicios que una conjunción astral.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor