Opinión | macondo en el retrovisor

Ventajas de ser de pueblo

Más de la mitad de los municipios de España cuentan con menos de mil habitantes

Aquí todo el mundo sabe todo de todo el mundo. -Bueno, es la ventaja de estos sitios. -Yo no lo llamaría ventaja.

En esta simple conversación colisionan dos universos paralelos, que oficialmente comparten lengua, pero cuyos códigos y conductas distan mucho de ser comunes. Es uno de los diálogos entre Andreas y Nat, los protagonistas de la película ‘Un amor’, la adaptación de la novela homónima de Sara Mesa, que Isabel Coixet ha llevado a la gran pantalla y que fue aplaudida y galardonada la semana pasada en el Festival de San Sebastián.

Sólo los que hemos nacido y/o vivido en un pueblo podemos entender el verdadero significado de las palabras que intercambian estos personajes. Lo que supone habitar un lugar cargado de sobreentendidos y bagajes. En un ‘escenario’ limitado, casi tanto como el ‘reparto’, dónde todo el mundo te conoce por la familia a la que perteneces o por el mote, esos sobrenombres cargados de mala leche e ironía, que casi siempre dan en el clavo y nos acompañan por generaciones, hasta que dejan de tener sentido, aunque ya nadie se lo busque.

En España hay muchos pueblos como el que aparece en la película, muchos más que ciudades. Según los datos del INE, a uno de enero de 2022, más de la mitad de los municipios (esto es 4.986, del total de 8.131), cuenta con menos de 1.000 vecinos. La misma fuente apunta que sólo el 39,9% de los más de 47 millones de personas censadas, viven en urbes que superan los 100.000 habitantes.

De manera que es fácil para una gran mayoría identificarse y reconocer el universo que plasma de forma magistral Coixet en su versión del libro de Mesa. Porque hemos vivido de primera mano el revuelo que genera la llegada de los ‘forasteros’, en esas localidades pequeñas en las que su mera existencia resulta tan interesante, como inquietante, por lo que suscita curiosidad y recelo a partes iguales.

Si bien es cierto que, en la mayoría de los casos, pasada la ‘novedad’, el sentido de comunidad supera a todo lo demás, y generalmente, se ‘adopta’ y arropa al ‘intruso’, que se convierte en uno más, con lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Esa dinámica de choque inicial y posterior retroalimentación de los dos ‘mundos’ ha servido de argumento de otras exitosas ficciones, como la popular ‘El pueblo’, en la que podemos ver de nuevo ese contraste entre los habitantes y los nuevos vecinos, que llegan a revolucionarlo todo.

La globalización que todo lo lima e iguala, está cargándose las aristas de la individualidad y la peculiaridad de personas y colectivos, y sin embargo, en nuestro país sigue habiendo una diferencia importante entre crecer en un municipio pequeño, en el que el espacio personal es una quimera, y hacerlo en una ciudad, en la que la gente apenas ya se saluda en la escalera.

No siempre es fácil crecer en una población limitada, pero aún es más difícil quedarse, hasta el punto de que de alguna manera ‘los de pueblo’ nos dividimos entre los que nos fuimos, que cada vez somos más, y los que se quedaron.

Y nunca sobra recordar que tan valiente hay que ser para tomar las de Villadiego, como para heredar, además del apellido, las tierras, la casa o el negocio familiar y permanecer en el mismo sitio; una generación más, en otro Macondo cualquiera, a veces repitiendo la misma historia y los mismos nombres, y otras muchas, reescribiéndola con giros de guión totalmente inesperados y admirables.

Es fácil caer en los tópicos y retratar las sombras y miserias de vivir en estos lugares, pero también es justo alabar lo positivo, que no es poco. Subrayar la solidaridad, el calor del saludo espontáneo y gratuito, el respeto y el cuidado a los mayores, la sensación de pertenencia y de raíces, que de alguna forma siempre te recuerdan quién eres, de dónde vienes y tu esencia.

Las ventajas, como la belleza, están en el ojo del que mira. No todos servimos para vivir, evolucionar y realizarnos en este tipo de ‘ecosistema’, al menos, no de forma permanente. Aunque siempre volvamos de visita porque nos tira la familia, los amigos y nuestros muertos. Pero para otros es impensable convertirse en ‘hombre gris’ de ‘Momo’ y confundirse en la multitud de una urbe, alimentada por las prisas y cuajada de rostros desdibujados y anónimos. Donde nadie sabe nada de nadie, ni nos sonreímos por la calle. Para gustos, los colores.

* Periodista

TEMAS