Opinión | LA RAZÓN MANDA

La magdalena más famosa

Se cumple este año el primer centenario de la muerte de Marcel Proust

Así, con minúscula, no se trata de la santa del Evangelio -María Magdalena-, que empezó teniendo una vida disipada, pero fue la primera persona que vio a Jesús de Nazaret después de resucitar. Tampoco es ese genérico bollo pequeño, esponjoso, hecho con harina, aceite, azúcar, huevo y ralladuras de limón que, todavía, en la España rural lo sumergen, para desayunar, en café con leche y lo toman con una cucharilla. No; se trata de la famosa magdalena de Marcel Proust, cuyo primer centenario de su muerte se cumple este año.

Proust fue un parisino dubitativo, dado a la literatura, asiduo de la ‘rive gauche’: barrio que visitaba con frecuencia deteniéndose en la librería más concurrida de la ciudad y en la brasserie Procopio donde, siglos atrás, Diderot y d’Alembert redactaban la ‘Enciclopedia’ tomando cruasanes rellenos de mermelada. Marcel acabó siendo, primordialmente, el novelista de las reminiscencias infantiles y adolescentes surgidas, con toda su luz y su aroma, mientras degustaba una magdalena. La famosa magdalena de la que, en la presente efemérides conmemorativa, no se olvidaron los que han escrito numerosas alabanzas en su honor. Ninguno ha dejado sin referir, sin poner en el candelero la magdalena recogida en un molde de papel pues, a partir de las remembranzas que le inspiraba, Proust buscó, en siete tomos, el tiempo perdido mientras las muchachas en flor paseaban por los bulevares y él consideraba improbable conseguir una brizna de felicidad.

Como, a veces, nos atrapan casualidades imprevisibles, hace unas semanas, después de leer un artículo dedicado al escritor que, con Joyce y Faulkner, más ha influido en la novela contemporánea de altura, encontramos inesperadamente el libro ‘Glorias imperiales’ escrito en dos tomos por el subsecretario franquista Luis Ortiz Muñoz, que reelaboraba la Historia de España con densos ditirambos católicos e imperiales. En la primera página estaba escrito que aquel libro había sido el segundo premio de un certamen literario convocado en 1946 en honor del beato Hermano Benildo, de la congregación religiosa fundada por san Juan Bautista de la Salle, cuyos miembros usaban sotana con baberola francesa.

Al momento, el libro perdido fue para nosotros, aunque más modestamente, la magdalena de Proust que nos transportó al tiempo de nuestra adolescencia escolar cuando, cumplidos los trece años, escribimos para el concurso convocado una redacción sobre el tema: ‘La familia de Nazaret modelo del buen benjamín’. Enseguida, llegaron recuerdos en tropel. Los benjamines eran la rama infantil de Acción Católica, pero cantábamos el himno de los jóvenes: «Juventud, primavera de la vida,/ español que es un título inmortal,/ si la fe del creyente te anima / su laurel la victoria te dará». Respecto de la redacción premiada nos tenemos ni idea de qué se nos ocurriría escribir sobre la sagrada familia de Nazaret. Lo que daríamos por poder leerlo ahora, tantísimos años después.

 * Escritor