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Rafael Mir Jordano

Maiquez, 16

«Aquellos bares del barrio de Salamanca provocaban toda la atención del estudiante de provincias»

Cuando batallaba para conseguir la licenciatura en la Universidad Complutense de Madrid, tarea nada fácil, vivía yo con otros estudiantes en el primer piso de Maiquez, 16.

En el segundo había una discreta casa de citas y en uno de los pisos superiores vivía Antonio Ordoñez, entonces en su apogeo.

En mayo y junio yo estudiaba durante toda la noche; descansaba un rato después del desayuno.

Aquellas vigilias me deparaban curiosas experiencias.

Una noche el crujir acompasado de la cama de arriba me puso tan frenético que me subí sobre la mesa y con una silla empecé a golpear violentamente el techo -el suelo de quienes se holgaban-. No sé si pensaron en un feroz predicador subterráneo.

Era frecuente que a altas horas de la madrugada regresaran los toreros, después de torear en provincias. La descarga del esportón y su subida al piso ocasionaba una gran algarabía que ni despertaba a los durmientes ni preocupaba a los toreros.

Una noche acordamos los estudiantes encender todos los flexos y enfocarlos hacia los visitantes del segundo. Vino un sereno y muy finamente nos dijo que ellas ya sabemos lo que eran, pero que ellos mereçían un respeto. Curioso concepto de la respetabilidad.

Por cierto que una de aquellas mujeres -todas jóvenes y guapas- desmayadamente me abrazó por el cuello. Ahora interpreto que estaba drogada.

Aquellos bares del barrio de Salamanca provocaban toda la atención del estudiante de provincias, al que extrañaban las reuniones de mus que compartían con naturalidad cirujanos famosos y directores de sucursales bancarias y empleados modestos. Por aquí, al menos entonces, era muy distinto.

*Escritor. Académico

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