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Alberto Díaz-Villaseñor

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Acción, reacción, aplicación

«Que el gobierno andaluz suprima unos impuestos y rebaje otros debiera de ser objeto de alabanza»

Las bajadas de impuestos siempre son una alegría, como la llegada de un recién nacido, las vacaciones o el cuponazo. Pues no, siempre hay quien se queja hasta de cuando hace sol en verano, frío en invierno, flores en primavera y hojas caídas en el otoño. Como es natural, todo depende del lugar del parlamento en el que uno se encuentre, no depende del interés del ciudadano, como creíamos hasta ahora. Que el Gobierno andaluz suprima unos impuestos y rebaje otros debiera de ser objeto de alabanza, y que el presidente andaluz llame a los empresarios catalanes a instalarse aquí, también; además, aunque no sea ese el objetivo, por el efecto colateral que supone el dulce desquite de ver cómo la prepotencia catalana de antaño y su arrogancia frente a los andaluces se han visto reducidas a una necesidad de supervivencia buscando otros lugares donde escapar de la insoportable asfixia social y económica que promueven los nacionalismos. Los que se quejan de estas rebajas de impuestos en Andalucía y en Madrid no tienen empacho en justificar y potenciar la incoherencia de los privilegios del cupo vasco, pero lo tienen fácil, empiecen por ahí la recentralización que propugna el ministro Escrivá. Pero no, en su inconsciente colectivo, la izquierda en general sigue atribuyendo a vascos y catalanes una superioridad que ellos sabrán dónde está. Lo que sí está, y claro, es que con estas y otras medidas anteriores, Andalucía, de la mano de un PP capitaneado por Moreno Bonilla, en pocos años está disparada y para el siguiente ejercicio prevé un presupuesto de cuarenta y cinco mil millones de euros, cinco mil millones más que el anterior. Entre los nuevos retos tiene que estar el de mejorar con tanta pasta el desastre sanitario público que sufrimos, y acometer de frente y sin ambages el rescate socioeconómico de comarcas como la del Valle del Guadiato, sumidas en una debacle a punto de ser irreversible. El movimiento se demuestra andando, y para triunfalismos, los deportivos. ¡Juanma, a las cosas!, según propugnaba Ortega y Gasset, o como proponían ambos: Ortega y Gasset, como diría Irene Montero. O proponido, según Alberto Garzón.

*Escritor @ADiazVillasenor

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