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Diario Córdoba

Eugenio Mateo

TRIBUNA ABIERTA

Eugenio Mateo

Narrador y poeta

¿Normalidad?

Nueva normalidad. ¿Alguien se acuerda ya de aquel eslogan con algo de críptico y mucho de sarcasmo?

Durante el ominoso periodo de la pandemia todos los eruditos y también los neófitos con desfa-chatez pontificaban en medios y redes de los tiempos que ven-drían después del avieso virus y todos, sabios e ignorantes, repicaban en diapasón el cambio de paradigma que esperaba a esta sociedad, una normalidad que no sería tal, pues como nueva necesitaba de ser vivida hasta descubrir el exacto calado de la novedad. A tal pun-to se extendió su influencia que todos creí-mos que la lección era tan dura que obligaba a replantearse los modos de conducta y mejorar la convivencia. Todos prometimos ser mejores, y probablemente, en ese momento estábamos decididos, bueno, un poco al menos. Fatalmente, a la par que se abría la esperanza de un final, crecía la autosuficiencia mal en-tendida de siempre y rápidamente se recupe-raron costumbres, malas y buenas; actitudes, erróneas o acertadas; prejuicios, heredados o asumidos; y todo pareció volver a su sitio, incluso pareció que no aprendimos nada real-mente. Con mucho alivio y algo de resignación, aceptamos convivir con un virus que parecía compadecerse de nosotros, como uno más de los riesgos que nos acechan perma-nentemente. Su menor virulencia ha conseguido el hecho peligroso de perderle el miedo y anda suelto, vaya si lo está. No me atrevo a pensar en una nueva mutación del bicho, ahora estamos en una normalidad que anda desbaratada por los tambores de guerra. Ahora, los titulares ya casi no hablan de Ucrania, hablan de las consecuencias de depender del enemigo para encender la calefacción. Se ha convertido en una guerra fake. Contra-noticias sobre los efectos verdaderos de las sanciones a Rusia y status quo en los campos de batalla. Lo que parece incuestionable es que cuando se acabe el verano, confiemos que acabe, aunque no sepamos qué es mejor, se verán de verdad las consecuencias del alineamiento. De momento, se aplican medidas de ahorro energético y se desgañitan los que no entienden de qué va la vaina: «Mire usted, yo puedo aplicar las medidas del gobierno, pero entonces los clientes no entrarán y tendré que cerrar. Siguen después citan-do al culpable, o sea, «piove, piove, porco governo»». Y los clientes entrarán, aunque no quepan por su ombligo, mezclados con los inspectores que andarán vigilando termostatos para que, por las buenas o por las malas, acabemos la canícula a la misma temperatura; además; para lo que les va a servir si China invade Taiwán... La verdad es que el autor de la consigna estuvo sembrado. Nueva normalidad, sin paliativos, pero con tapujos. De la pandemia han quedado las mascarillas y los contagios ines-perados con muertes incluidas. De la amena-za nuclear asoma la mentalización de su propia posibilidad. E2D es el nombre en clave de la escalada para la desescalada. Se les llaman armas tácticas y el eufemismo de uso limitado pretende calar en la opinión pública como un mal menor. Serían bombas con efectos destructivos más localizados y eso se nos vende todos los días en las noticias del móvil para que nos preocupemos, pero no demasiado. Produce escalofríos pensar que haya alguien que no se dé cuenta de que se nos obliga, sin pedir permiso, a respirar en un clima insano que huele a guerra. Se nos cuenta de nuevos aviones capaces de todo y de sus réplicas en el otro lado y cuáles son las diferencias que los distinguen. Nos enseñan imágenes de navíos que dejan ridículas las leyes de Pascal. Hacen análisis de las posibilidades estratégicas de los bandos, no ya dos, sino tres, con un desparpajo inaudito. En definitiva, cada mañana, mientras pretendes informarte de cómo van las cosas, recibes la ración diaria de demostración de lo bien que nos defenderían los ejércitos de los buenos y te sientes tranquilo al sa-ber que el F-35 americano es mejor que el Su-35 ruso o el J-20 chino, todos de quinta genera-ción, oigan. Pero te sorprendes más con las bravatas de farol que se adivinan detrás de las declaraciones de los dirigentes que cortan el bacalao, porque hay una regla no escrita en el código bélico que dice que las guerras se empiezan por sorpresa y alevosía. Mientras los tres gallos alardeen de plumas la cuestión será que no saquen sus espolones. ¿Y quién le pone el cascabel al gato? De momento, vivimos mamando la leche pestilente de la preguerra en un círculo vicioso. Cuanta más tomemos, más nos costará buscar las razones a tanto desatino.

Pelillos a la mar, que estamos en verano. Cuidémonos sólo de los vermús desmedidos y del calor que funde los cubitos, y no hay más, se dice, por los bares del barrio. En un caso curioso la falta de cubitos de hielo: difícil hacer acopio sin renunciar a todo lo que se enfría en el frigo. La causa se podría achacar al aumento de la demanda como consecuencia de los rigores de las olas de calor, pero parece que por el precio de la electricidad no es rentable fabricarlos. Ojo, que esto no es baladí. A ver quién se atreve a pedirse un café con hielo. De todas formas, el atraco a mano armada con la factura de las energías surgió mucho antes de la dichosa guerra. No es, por tanto, una conse-cuencia, es más bien, cosa de la nueva norma-lidad. Y nos creíamos haberla olvidado, pobres ignorantes; se quedan cortas las expecta-tivas de ser nuevamente normales, porque vamos camino de la prestidigitación de lo posible. Y ya que aceptamos que verano es tiem-po de descuento, que nos expliquen eso de los pinchazos. En tiempos de mi adolescencia, las madres advertían a sus hijas sobre los ne-fastos efectos para su virtud de que les pusie-ran en la coca cola aquel famoso «vente conmigo». Confieso que nunca vi a nadie ser se-ducido de esa manera y lo clasifiqué en mi archivador intangible como leyenda urbana. Ahora parece que pinchazos hay los, incluso hay que temer que se convierta en moda de esta nueva normalidad que nos ocupa.

*Narrador y poeta

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