Kiosco

Diario Córdoba

Jose Manuel Ballesteros Pastor

Nuestro escultor

Me refiero, por supuesto, a nuestro José Manuel Belmonte y más en concreto, a su última obra sobre nuestros patios, que ya nos espera siempre en la plaza Juan Bernier. Dios me libre del papanatismo de interpretar una obra de arte. Sólo al autor le está permitida esta pirueta, y, general, si éste está curado de vanidad, se limita a callar y a sonreír cuando oye tanta palabrería de tanto que se autodenomina crítico de arte. Porque toda verdadera obra de arte es fruto de la intuición, ese misterioso equilibrio entre el corazón y la cabeza. El caso de José Manuel Belmonte es un ejemplo de esto, porque su arte está enraizado en lo popular, viene de ese río profundo y eterno. Yo sólo quiero expresar mi sentimiento ante esta escultura. La verdad es que cada vez que la visito, me sumerjo en una meditación sobre el paso del tiempo. Una abuela mira a una chiquilla. La abuela está sentada; sostiene una maceta en su regazo. La chiquilla está de pie; descansa una mano sobre el respaldo de una silla. Ambas se miran, porque ambas son una sola: la abuela se contempla a sí misma en la chiquilla. La abuela reposa llena de añoranzas, de nostalgias y de melancolías sobre el paso de la vida. Pero no es una abuela caduca, decrépita; es una abuela en la planitud del fruto por tanto como ha vivido y ha madurado. Está cansada, pero llena de comprensión, de ternura y de sabiduría, esa sabiduría de las abuelas de nuestros patios, callada, tan llena de amor. Es una escultura sin movimiento, en comparación con las otras dos: la joven que riega y el niño que le ayuda al abuelo. En la de la abuela y la niña no hay movimiento, sólo el pálpito de un instante que quisiera no pasar nunca. ¿Qué ha sucedido en el instante antes? ¿Dónde irá luego la niña? ¿Ha estado sentada con la abuela y ahora se despide? ¿Acaba de llegar? Sostiene una flor en su corazón. Ambas se miran y se acompañan. En el cielo de la plaza, entre los naranjos, van y vienen los gorriones, se despide el murmullo de la fuente, se serena la flauta de los mirlos, zurean las palomas. Es una mañana azul de verano. Viene sobre los tejados la campana de la iglesia del Juramento. Pasa un niño con su madre. Un abuelo mira la estatua y medita. Baja la campana de san Lorenzo. Sigue pasando Córdoba en su alma eterna.

 ** Escritor

Compartir el artículo

stats