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Diario Córdoba

Marisol Salcedo

ESCENARIO

Marisol Salcedo

Carlos y Vale

Los conocí en un crucero por el Mediterráneo hace casi cuarenta años. Nos tocó compartir mesa en las cenas que, en su compañía, fueron un espectáculo más de los que se ofrecen en esos transatlánticos de lujo donde se pretende que todo sea entretenimiento y diversión. También coincidimos en alguna excursión, pero lo importante eran las cenas, en las que derrochaban elegancia, saber estar y sentido del humor, mientras desgranaban su interesante anecdotario. Carlos, de cincuenta y tres años, alto, delgado, airoso y bastante bien parecido. Vale, diminutivo de Valeriano, de setenta y dos años, también con buena facha, pero un poco más bajo. Carlos, divorciado, con un hijo y una hija que vivían con su madre en los Estados Unidos. Vale, viudo y sin hijos. Parentesco entre ellos: Carlos, ahijado; Vale, su padrino de pila.

Esta relación, la mayoría de las veces queda sin efectos prácticos, pero la muerte prematura de los padres de Carlos hizo que Vale tuviera que ocuparse de él, que nunca lo consideró una carga, sino que lo trató como al hijo que nunca tuvo. Sus profesiones no podían ser más dispares. Vale había sido apoderado de un famoso banco cuyo nombre no viene al caso, y Carlos, bailarín de clásico español; esto explicaba su esbeltez y agilidad. Cuando yo los conocí Vale ya llevaba algunos años jubilado y Carlos acababa de disolver la compañía de la que había sido empresario y primer bailarín. Cuando Carlos se metía con él, Vale solía bromear acerca de que debería haberlo estrellado contra la pila de bautismo.

Carlos había estado mucho tiempo viajando con su compañía por el extranjero y, cuando volvía a España, se alojaba en casa de Vale. Casualidades del destino: vivían en Fuengirola, en un apartamento cercano al nuestro, así que nuestra amistad se ha mantenido hasta ahora. Vale murió; Carlos tiene noventa y dos años y las rodillas muy cascadas. Relacionada con ellas, recuerdo esta anécdota que contaban: Carlos trabajaba por aquel entonces en una sala de fiestas de Madrid. El escenario, situado un poco más alto que la sala, estaba separado de ella por cuatro escaloncillos. En el número final, Carlos saltaba del escenario para caer de rodillas en la sala. El público ovacionaba fervorosamente tan espectacular salida. Vale le dijo en una ocasión: «No te pongas tan contento del éxito; la gente no viene porque bailes bien, sino para ver si algún día por fin te escoñas».

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