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Diario Córdoba

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FORO ROMANO

Manuel Fernández

Smara, la melancolía del exilio en el desierto

«En esas tardes de inmensidad de arena, tan infinita como el cielo, los saharauis repetían como un lamento y una evocación su Sáhara Occidental»

Francisco González y Manuel Fernández (tercero y cuarto por la izquierda de la fila de arriba), con niños en el campamento de Smara.

Aquel 6 de noviembre de 1975 –Franco a punto de morir-- yo vestía de militar porque hacía la mili en Algeciras, frente al Peñón de Gibraltar, cerca de donde acababa de comenzar la Marcha Verde, aquella invasión marroquí de la provincia española del Sáhara, que contó con la participación de 300.000 civiles con unidades militares camufladas entre ellos. Tropas mauritanas y marroquíes empezaron a ocupar las ciudades del Sáhara Occidental --Smara, El Aaiún, La Güera y Villa Cisneros—y los saharauis a instalarse en el desierto. Tras los bombardeos marroquíes terminarían en campos de refugiados en Argelia. El Frente Polisario, que constituyó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), reconocida por Argelia y Libia, quedó con la gestión de los campamentos de refugiados de Tinduf -como escribió Manuel Torres Aguilar el pasado jueves-, que malviven desde entonces con el apoyo de la solidaridad internacional y la protección argelina. «Reconocer la deuda histórica, moral y solidaria que España tiene con este pueblo es una cuestión de justicia», según el profesor de la UCO, director además de la Cátedra Unesco de Resolución de Conflictos.

Diecinueve años después, en junio de 1994, contemplé los resultados de aquella Marcha Verde en un viaje organizado por el Parlamento Vasco en el que participaron las Cortes de Castilla-León, los parlamentos de Baleares, de Cataluña y Navarra, la Asamblea de Murcia, las Cortes de Aragón, 18 ayuntamientos vascos, seis de la Islas Baleares, Farmacéuticos sin Fronteras, miembros de las Juntas Generales de Álava y los ayuntamientos de Arganda y Córdoba, éste representado por el teniente de alcalde Francisco Paños. Mi compañero, el reportero gráfico Francisco González, y yo íbamos como periodistas cordobeses. Los viajes que normalmente se organizan a esta parte del desierto argelino, que limita con Mauritania, Marruecos y el Sáhara Occidental, tienen la finalidad de los hermanamientos entre ayuntamientos españoles y poblaciones de este pueblo en el exilio. Córdoba y otros tantos municipios cordobeses están hermanados con alguna willaya (provincia) o daira (ciudad) saharaui. Estamos en el aeropuerto de Tinduf, ciudad situada en el suroeste argelino y puerta de entrada a los campamentos del Polisario. Dos autocares destartalados, contribución de la solidaridad internacional (un camión de Fernán-Núñez, un coche de bomberos de Albacete, una ambulancia de Pisa, un autobús de Roma y otro de Canarias vimos circular por la arena del desierto durante nuestra estancia) nos encarrilaron por una de las dos o tres carreteras que vimos en todo el desierto, vigilados por jeep de la policía argelina hasta tanto no pasamos la frontera que separa la arena argelina de la que ahora habitan los saharauis de la diáspora que un día esperan volver a su particular tierra prometida. Aparte de la ayuda internacional, su principal «fuente de ingresos», los saharauis tienen instalada en pleno desierto una granja avícola con 25.000 gallinas, de donde obtienen carne y huevos. También disponen de algunas huertas e invernaderos para abastecerse de frutas y verduras. Los servicios no son tan cómodos como los de un hotel pero cumplen el cometido para el que fueron construidos. Y el agua es inagotable, uno de los tópicos que se te derrumban al llegar al desierto. Un día, en las horas de la siesta, cuando el sol era como una blasfemia y una maldición sobre la arena, cumplimos el novelero deseo de buscar un oasis y bañarnos en una piscina de agua azul; y luego vimos la inagotable tromba de agua que le sale al corazón del desierto desde la ocupación francesa. Smara, la ciudad con la que Córdoba está hermanada, capital cultural y religiosa de todo el Sáhara, se ve allí al fondo, con melancolía de exilio. Dentro de la ciudad-poblado de Smara se vive como una tarde de domingo. Pero sin parques, sin paseos, sin bares, sin cafeterías, sin escaparates… sin nada occidental. Sólo la persona, la arena, todo el tiempo del mundo y la causa. Difícil de asimilar. Fue cuando tendidos en la sencillez de una alfombra, bebimos tres rondas de té: una, amarga como la vida; otra, dulce como el amor; y la tercera, suave como la muerte.

En esas tardes de inmensidad de arena, tan infinita como el cielo, los saharauis repetían como un lamento y una evocación su Sáhara Occidental, allí donde vivían hasta que la Marcha Verde de los marroquíes y la realpolitik les llevó al destierro. Desde donde preparan el retorno a su tierra… o a la muerte.

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