Me gusta mucho escaparme a media mañana a tomar un café conmigo misma. Las cafeterías son para mí un espacio amigable y, además, una fuente de inspiración para escribir esta columna. Ayer tenía sentados al lado a una madre y su hijo (veinteañero) y estaban hablando, cómo no, de la pandemia. La madre, un poco fuera de sí, despotricaba sobre los antivacunas, y aseguraba, con muchos aspavientos, que ella les cobraría la atención sanitaria a los que enferman de covid y no se han querido vacunar. «Así se darán cuenta de lo que nos cuestan a todos», decía. El hijo le contestó enseguida: «No, no, no, mamá. Si haces eso, si empiezas a cuestionar la universalidad de la asistencia sanitaria, abres un melón peligrosísimo. Porque mañana puede salir alguien diciendo que por qué tenemos que pagar la asistencia a los que fuman, o a los que tienen kilos de más. Eso es un pensamiento muy peligroso para la solidaridad de toda la sociedad, y parece mentira que se te haya ocurrido siquiera». Y la madre le miró, se calmó y pensó: «Pero qué hijo más listo tengo». Bueno, vale, lo reconozco. Ayer no me fui a tomar café sola, sino con mi hijo mayor. Y no puse la oreja, sino que me dejé llevar por la hartura de la situación. Pero desde aquí les digo que cobrarles, desde luego que no. Pero darles un papelito diciendo lo que ha costado su asistencia... Me dice mi hijo que tampoco, que pare ya de estar tan enfadada. Y como está demostrando que tiene más sentido común que yo (y más que los que no quieren vacunarse), lo vamos a dejar aquí. Cuídense, que viene fin de año.

Seguro que 2022 va a ser mejor que este, sobre todo porque todavía quedan personas sensatas y buenas en esta sociedad.