Como es costumbre desde 2013, la FundéuRAE (Fundación del Español Urgente) ha seleccionado unas cuantas palabras en boga durante el 2021 de entre las cuales será escogida (puede que ya lo haya sido) la triunfante del año por repercusión mediática, eco social e interés lingüístico. La lista de candidatas es, sobre todo, la cristalización en el actual vocabulario de la incertidumbre pandémica que atenaza a la sociedad («desabastecimiento», «negacionista», «vacuna», «variante»), aunque también encontramos en el repertorio indicadores léxicos de ese resurgir fanático en Afganistán del que ya poco o nada sabemos («talibán») o del precio estratosférico de la luz («megavatio»2).

No seré yo quien niegue la relevancia alcanzada por los términos mencionados, pero diría que la selección de la FundéuRAE es muy sosa, que está un poco alejada del sabor de las hablas que se entrecruzan cotidianamente en la calle. A la relación de términos escogidos por los estudiosos del idioma le falta vidilla popular y le sobra jerga tertuliana. Demasiada corbata y poco pálpito coloquial veo yo ahí.

Brilla por su ausencia en la lista, por ejemplo, alguna muestra de lenguaje juvenil. Trabajo con adolescentes, criaturas inocentes (o no tanto) que me envejecen con una serie de expresiones de las que no hay ni rastro en el balance de la FundeúRAE, chavales que dicen «XD» (expresión alfabético-risueña) cuando algo les hace gracia, chavales que dicen «F» o «F en el chat» para mostrar amable o burlesca consideración cuando algo malo le ha sucedido a alguien, chavales que siguen diciendo «en plan» con irritante frecuencia, chavales que llaman «illo» o «hermano» a sus amigos (les digo que antes «hermano» era lo que le decía un negro a otro en una película americana y me miran incrédulos).

Pero, más allá de esta efervescencia de expresiones muchachiles, a lo que iba yo era a otras dos expresiones que, en mi humilde e insignificante opinión, se han hecho fuertes a lo largo de los últimos meses hasta el punto de que las calificaría como las expresiones de 2021.

Primera expresión: «escúchame». El imperativo «escúchame» es pura función apelativa del lenguaje, una llamada de atención que en otro tiempo parecería propia de un bebedor intensito agarrándote del brazo en plena exaltación de la amistad («escúchame, te quiero mucho», «escúchame, nos tomamos la última y nos vamos») y que hoy en día se ha vuelto muy común, al menos en nuestra ciudad, cuando el personal quiere enfatizar lo que se dispone a decir, «escúchame, el Primark hasta la bola».

Segunda expresión: «la cosa». La palabra «cosa» es lo que los lingüistas denominan una proforma, un comodín que sirve para designar lo que se quiera en función del contexto. Pues bien, desde que el coronavirus empezó a hacer de las suyas la gente se refiere a la situación epidemiológica como «la cosa», así, casi que en mayúsculas, «LA COSA», como si fuera un ente monstruoso de película de serie B: «a ver si mejora la cosa», «a casa de mis suegros no vamos con la cosa así», «no veas cómo se está poniendo la cosa». Y es que ya lo decía San Chiquito de la Calzada: «La cosa está muy marrr». Aun así, ahora más que nunca, feliz 2022.